Los Sigal - Capítulo 3






“Pobres pero felices”

Mis abuelos se conocieron en Córdoba, cuando cursaban sus carreras universitarias. Mi abuelo José y su amigo Nuche estudiaban Medicina, mientras que mi abuela Manuela cursaba Odontología y su amiga Reina, Farmacia. Recuerden que Reina Zeigner y Manuela Plotkin habían sido las primeras mujeres de General Campos en irse del pueblo para estudiar una carrera.

Durante esos años universitarios, mi abuelo trabajó en una telefónica para mantenerse económicamente. Tengan presente que su padre ya había fallecido hacía unos años, por lo que el negocio familiar - La Norteamericana - fue decayendo y no sobraba la plata. También en estos años de estudiante empezó su militancia comunista que compartiría con su querido hermano Pocho por el resto de sus vidas. Por su parte, mi abuela recibía una mensualidad de don León Plotkin, su papá, quien a medida que pasaban los años iba empeorando su condición del Parkinson.

Las chicas conocieron primero a Nuche Perelmuter porque él paraba, junto con otros sanjuaninos, al lado de la pensión en donde ellas vivían. Aparentemente mi abuelo no vivía con Nuche y los demás coterráneos, así que durante el primer año de cursada de las chicas, allá por 1943, el azar quiso que jamás se cruce con mi abuela. Pero llegaron las vacaciones de verano y un día de Enero del año ’44 ocurrió aquel famoso terremoto del que ya les hablé, mientras mis abuelos habían vuelto a visitar a su familia en las vacaciones.

El país entero corrió en auxilio de San Juan. Por las calles circulaban alcancías para colaborar con las víctimas. Un dato curioso es que Juan Domingo Perón organizó un evento en el Luna Park para recaudar fondos para los damnificados y allí conoció ni más ni menos que a Evita. Pero esta emblemática pareja no fue la única que se conoció gracias al terremoto porque mis abuelos también comenzaban en aquel entonces su gran historia de amor.

Esta tragedia haría que, cuando retomaran las clases ese mismo año, ellos finalmente se conocieran. Esa historia, mezcla de azar y destino, fue contada de primera mano, por mi abuela que escribió en su diario sobre aquel encuentro.

“Estando en Campos pasando nuestras vacaciones, nos sorprendió la noticia del terremoto de San Juan. Allí estaban nuestros amigos y la imposibilidad de comunicarnos nos tenía muy preocupadas. La radio transmitía los horrores que allí estaban viviendo, era espantoso. Después de varios días recibimos un telegrama que en parte nos tranquilizaba, nuestros amigos vivían. Ya de regreso en Córdoba nos contaron lo terrible de aquellos días, había familias desaparecidas y poco a poco fueron recuperándose aunque sin poder apartar el terror de pensar que sus familiares estaban allí. Pero debían continuar y tuvieron el apoyo del centro universitario y de todos los estudiantes.”

“En el mes de Julio y a partir de un gran movimiento estudiantil conseguimos que la Universidad les permitiera rendir exámenes fuera de fecha. Fue maravilloso, hubo festejos, alegría, de todo. Nosotras pedimos autorización a la dueña de la pensión para hacer un pequeño festejo en nuestra habitación, fue maravilloso poder recibir a nuestros queridos amigos sanjuaninos. Recuerdo que la tarde anterior, Nuche y Moisés vinieron a plantearnos si podían invitar a un compañero que, como ellos, había rendido sus exámenes en Julio. Nosotras aceptamos y así con ellos llegó José que era a quien no conocíamos y así empezó nuestra amistad.”

Algo que siempre resalta mi abuela en su diario es que su relación con José era una amistad; antes de ser novios ellos fueron realmente muy amigos. Y de este gran afecto grupal no sólo surgió el amor entre ellos, sino que además sus amigos Nuche y Reina empezaron a salir y tampoco se volvieron a separar nunca más. Según mi abuela aquellos fueron años muy felices en los que el grupo de amigos compartía todo, e iban juntos a todos lados. Aparentemente, los muchachos tenían un olfato especial para detectar cuando a ellas les llegaba alguna encomienda con comida y nunca se la perdían. Me contaron también que mi abuelo era tan romántico que solía esconder adentro de algún libro de mi abuela un racimo de violetas, sus flores favoritas.

En su diario, ella resume la amistad, el noviazgo y el fin de la facultad, con una anécdota sorpresa incluida, de la siguiente manera:

“De esta amistad tan hermosa surgió que Reina se puso de novia con Nuche y yo con José; éramos muy felices, las dos estábamos en segundo año y los muchachos en tercero. La primera en irse fue Reina, ya que su carrera era de cuatro años; al año siguiente terminé yo y volví a Campos. Como a José le faltaba un año para recibirse yo me instalé, creo que para mi viejo fue la felicidad más grande. Ya por su enfermedad tenía dificultad para caminar, pero el consultorio lo puse a una cuadra de casa. Cuando lo llevé para que lo conociera no pudo evitar emocionarse, se lo veía feliz.”

“Pasaron unos meses en que diariamente nos escribíamos con José. En las vacaciones de Julio fue a visitarme pero estuvo pocos días pues puso como excusa que no podía dejar más tiempo el hospital donde estaba como practicante, así que regresaba. A mí me parecía raro, pero no tenía derecho a dudar, no era su costumbre mentir así que tenía que resignarme y seguir con nuestra correspondencia. Pasaron dos meses y llegó un telegrama diciendo “Me recibí, fijá fecha de casamiento”. Yo no lo podía creer, no me contó estando en casa que había rendido materias libres y que para dar las que le faltaban era la urgencia de volver a Córdoba. Fue maravilloso, pero yo tenía mezcla de alegría y pena. Pena por el viejo, que su alegría duraría tan poco tiempo porque yo me iría a San Juan donde ya nos habían prometido un puesto en el hospital de Caucete.”

Ya verán, más adelante, que esta no fue la única vez que mi abuelo daría noticias importantes a través de un telegrama, se ve que le gustaban ese tipo de sorpresas. Para les jóvenes que están escuchando: Un telegrama era una carta corta que se podía mandar desde el correo del pueblo. Pero no era simplemente escribir una carta y enviarla, sino que vos le tenías que decir a un empleado del correo el mensaje que querías enviar, luego el empleado pasaba ese mensaje en código morse con una máquina que lo enviaba a donde otro empleado, del lugar de destino, recibía este código y lo decodificaba en palabras para que pudiera ser leído por el destinatario. Así se hacían llegar las noticias desde un lugar a otro. Los telegramas solían ser además mensajes cortos porque el correo cobraba carísimo por cada palabra enviada. A mí me hace acordar a cuando mandábamos mensajes de texto en los primeros celulares que abreviábamos todo de una manera inentendible porque si nos pasabamos con la cantidad de palabras el mensaje costaba el doble.

A pesar de ser caro, el telegrama era la única manera de hacer llegar un mensaje rápidamente en aquellos tiempos, especialmente si no podías aguantar la ansiedad de esperar a que le llegara una carta por correo a la otra persona. Y por lo que fui conociendo de mi abuelo, creo que era un tipo bastante ansioso.

En fin, volvamos a la historia de mis abuelos. Finalmente se casaron el 19 de Febrero de 1949 en Concordia, la ciudad más cercana al pueblo de General Campos donde vivían los Plotkin, para luego irse a vivir a San Juan, donde vivían los Sigal. Se alquilaron una casa sencilla sobre la calle Sarmiento, entre Rivadavia y Laprida, en plena capital de San Juan y empezaron a trabajar en un hospital en Caucete, una localidad cercana. En esta casa tuvieron a dos de sus tres hijos, pero primero tuvieron que convivir con algunos inquilinos inesperados.  Según cuenta mi abuela, su cuñada, Sofía Sigal, les “enchufó” a la madre de ellos, es decir, mi bisabuela Luisa Levinton, para que viva con ella y José ni bien se instalaron. Luisa ya era viuda hacía años para ese entonces y vivía con su hija, Sofía, porque ya habían vendido el caserón de la familia Sigal. Pero parece que Sofía ya no la aguantaban más, porque Luisa tenía un carácter bastante complicado y encima no ayudaba en ninguna tarea doméstica porque decía que ella no era sirviente de nadie. Para colmo, padecía una demencia senil que comenzó cuando enviudó a los 48 años y que fue empeorando a lo largo de los años. Esta condición la volvió una mujer un poco delirante, una persona que vivía en su propio mundo. Imagínensela: toda flaquita, chiquita y encorvada como era, siempre vestida de negro y con una bolsa en la mano juntando cosas que encontraba en la calle. Levantaba desde boletos de colectivo (no existía la Sube) hasta colillas de cigarrillos. Además, repetía frases bastante descabelladas a todo aquel que se cruzaba, algunas en español y otras en ucraniano. Una de ellas rezaba en ucraniano: “Mi patria querida, seré tuya con el alma toda la vida”.

Así fue que mi bisabuela pasó el resto de su vida viviendo en lo de sus hijos, pero sobre todo con mis abuelos. Un dato interesante de ella es que, como siempre fue una ferviente atea, les cantaba a sus nietos canciones de cuna pero cambiando la palabra “Dios” por “Pueblo”.

Luego de tener que hospedar forzosamente a su suegra, mi abuela Manuela también hospedó a su cuñado, Pocho Sigal, el menor de los hermanos de mi abuelo José, que acababa de terminar el servicio militar y no tenía dónde vivir. Para colmo, al poco tiempo, Pocho se puso de novio con Bertita y ella también se sumó a esta convivencia grupal ya que aparentemente se fue de su propia casa porque su padre era muy religioso y no aprobaba la relación con “este ateo comunista”. Como agradecimiento por el hospedaje, Bertita le regaló a Manuela el libro de Doña Petrona, el cual fue prácticamente su “biblia culinaria”. Doña Petrona era la Paulina Cocina de aquel entonces, y gracias a ella mi abuela aprendió sus riquísimas recetas que pudimos disfrutar durante varias generaciones en nuestra familia y que al día de hoy seguimos cocinando. Más adelante les voy a contar algunas de estas recetas que mi abuela disfrutaba cocinarnos a todos con mucho amor.

Según cuenta mi abuela en su diario, en aquella época eran “pobres pero felices” y laburaron muchísimo con mi abuelo para empezar a juntar sus primeros ahorros, no sólo trabajando ambos en el hospital de Caucete, sino también haciendo otros oficios: él en un criadero de pollos y ella en un consultorio privado. También algunos días iban en una ambulancia vacunando chicos en las escuelas rurales de la zona, acompañados de otros médicos y de asistentes sociales.

Así pasó el tiempo y en Marzo de 1950 mis abuelos tuvieron a su primer hijo al que llamaron Eduardo ¡Listo, poné los fideos que estamos todos! Ahora, además de José, Manuela, Luisa, Pocho y Bertita se sumaba el bebé a esta familia. Parece que Pocho se llevaba muy bien con su pequeño sobrino. Solía llevarlo de paseo en su Jeep y esta era la única manera de que Eduardito se durmiera.

Marcos Pocho Sigal trabajaba vendiendo fiambres a domicilio y, de paso, repartiendo volantes del Partido Comunista. Luego entró a trabajar en una caja de crédito cooperativa llamada “Udecoop” que terminaría siendo parte del Banco Credicoop, que inexplicablemente siempre aparece en la historia de mi familia.

En Febrero de 1952 falleció el papá de Manuela, mi bisabuelo León Plotkin, a causa del párkinson. Más tarde, Pocho y Bertita se casaron y se mudaron a sólo dos cuadras de la casa de mis abuelos. Los cuatro tenían una relación muy afectiva; recuerden que Pocho era el hermano menor y el mejor amigo de mi abuelo José. De esta afectuosa amistad tenemos una simpática anécdota en el diario de Manuela:

“Bertita sufría mucho cuando tenía visitas a comer, ni el libro de Doña Petrona la ayudaba. Si tenían alguna visita que no fuera de confianza, yo le preparaba algo en casa y Pocho lo llevaba. Recuerdo que una vez se le ocurrió invitarnos a nosotros y a sus padres, y quiso hacer ñoquis de sémola. Para nosotros era toda una sorpresa, pero cuando nos estábamos preparando para ir a su casa, llegó Pocho. Su tez oscura estaba roja, nos asustamos al verlo y preguntamos si pasaba algo. Haciéndose el loco, nos gritó ¡auxilio! No sabíamos qué ocurría. Ya un poco más tranquilo nos contó que Bertita al poner el preparado de sémola hervía y por supuesto saltaba y que tenía quemaduras en la cara y brazos. De inmediato fuimos a su casa y nunca me olvidaré, había sémola en los azulejos, en su cara, en todos lados. Era tragicómico. José se dedicó a curarla, yo a hacer desaparecer aquel desastre antes que vinieran sus viejos y Pocho corriendo a la rotisería. Por suerte todo se solucionó y creo que jamás habrá vuelto a cocinar sémola, lo que sí fue tema para largo.”

Tres años después del nacimiento de Eduardo, la familia se agrandó cuando Manuela dio a luz a Jorge, el 5 de Agosto de 1953. A pocos meses del nacimiento de este segundo hijo, mi abuelo tuvo que ir a un congreso de medicina en Buenos Aires y luego volvió a San Juan convencidísimo de que para progresar había que irse a vivir allá. Además, había decidido especializarse en cirugía y las posibilidades de crecimiento como cirujano en San Juan eran pocas. Mi abuela, que siempre acompañó a su esposo en todas las decisiones importantes, accedió a esta idea, a pesar de ya tener toda una vida armada en esa provincia. Las mudanzas nunca son fáciles, imagínense en los años 50. Por suerte les dio una mano Lolo Barg, el marido de Sofía Sigal, la hermana de mi abuelo. Parece que los puso en contacto con el dueño de una clínica en Castelar con el que se terminaron asociando para trabajar y quien además les facilitó una vivienda cerca de la clínica.

Así fue que la familia Sigal se mudaría a Castelar, en la provincia de Buenos Aires, para que José pudiese progresar profesionalmente como tanto ansiaba. Esta fue entonces la segunda vez que José (o “Poroto”) se despedía de su querido hermano Pocho para irse a vivir a otra provincia.


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