Los Sigal - Capítulo 2


“La familia de José”


Mi abuelo José Sigal nació el 8 de Julio de 1923 y era sanjuanino. Quienes lo conocieron aseguran que era un gran tipo, con un carisma tremendo y una personalidad única. Todos lo querían muchísimo, pero nadie lo quiso tanto como mi abuela Manuela.

Antes que nada, para poder contarles la historia de José como corresponde, debo remitirme inevitablemente a la llegada de sus padres a la Argentina. Mis bisabuelos, Nicolás Sigal y Luisa Levinton, eran ambos originarios de la ciudad de Odessa, que actualmente queda en Ucrania pero que en aquel momento era parte del imperio Ruso. Parece que ahí había una comunidad judía muy grande y que a fines del siglo XIX muchos de sus integrantes vinieron a América en busca de una vida mejor, entre ellos estaban mis bisabuelos, que llegaron en la década de 1890 a la Argentina.

Mi bisabuela Luisa llegó a Buenos Aires a los siete años de edad, acompañada por sus tres hermanos más grandes: Adolfo, David y Jacobo Levinton. Todos tenían conocimientos de sastrería, rubro en el que se desenvolvieron acá en el Rio de la Plata. Cuentan que los hermanos Levinton recorrían Buenos Aires en su carreta a caballo, comprando y vendiendo telas. Suponemos que allá en Ucrania la familia se dedicaba a este mismo oficio y de ahí trajeron sus conocimientos en la materia, además de algunos ahorros. En poco tiempo estos hermanos consiguieron ser empresarios exitosos y el apellido Levinton pasó a formar parte de la alta alcurnia. De hecho, según una tía llamada Felisa “los Levinton eran gente superior”, y esto explicaría en parte porqué, años más tarde, mi abuelo incluía en su firma sus dos apellidos, el paterno y el materno: “José Sigal Levinton”; cosa extraña para un varón y más en esa época. Evidentemente le gustaba hacer alarde de su parentesco con la alta sociedad.

Por su parte, mi bisabuelo Nicolás vino a Buenos Aires con tan sólo trece años e increíblemente vino sólo. Imagínense a un pequeño niño de de esa edad, totalmente sólo, en un viaje en barco que duraba más de un mes, yendo hacia la otra punta del mundo, a un lugar en donde encima hablaban un idioma completamente ajeno al suyo. Hoy en día suena de ficción, pero así fue. Algo que inevitablemente sucedía en estos buques de inmigrantes, después de tanto tiempo en alta mar, era la fraternización con los demás pasajeros. De hecho, en casos como el de mis bisabuelos, que venían sin sus padres, era habitual que se generara un vínculo familiar con personas a quienes luego llamaban ‘’hermanos de barco’’. Después, cuando llegaban al país de destino, también se agrupaban en base a su país de origen. Así fue como mis bisabuelos, Luisa y Nicolás, se terminaron conociendo en un club de la colectividad ucraniana de Buenos Aires. Recuerden además que ambos venían de Odessa, la misma ciudad, así que imagino que eso los habrá unido aún más.

De la familia de Nicolás no sabemos mucho, el único dato que escuché fue que un hermano de él también emigró, pero se fue hacia EEUU. Y yo sinceramente guardo una mínima esperanza de que seamos parientes de Steven Seagal, ¿Por qué no?

 

 

Nicolás Sigal y Luisa Levinton se casaron siendo muy jóvenes, ella tenía 15 años y él 18. Dicen que ella era petisa, muy pequeña, y él todo lo contrario: aparentemente mi bisabuelo era un gigantón muy robusto, por lo que imagino que habrán sido una pareja un tanto peculiar a simple vista. A pesar de tener origen judío, ambos eran socialistas, y por tanto, no creían en la religión. De hecho, parece que Luisa iba más allá y directamente detestaba todo lo relacionado con la religión judía.    

El matrimonio Sigal - Levinton compartía el interés por la lectura; ambos eran  bastante cultos para su época. Al poco tiempo de casarse decidieron irse a vivir a la provincia de San Juan, en donde ya vivían desde hacía un tiempo dos de los hermanos de ella: David y Jacobo. Ambos hermanos Levinton ya estaban teniendo un presente exitoso en el rubro textil, como les conté, y tenían un buen pasar en la ciudad de San Juan Capital.

Unos años después de haberse instalado en este nuevo lugar pusieron un negocio en pleno centro de la ciudad, que sería el trabajo de Nicolás Sigal para el resto de su vida. La tienda se llamaba ‘’La Norteamericana’’ y vendía de todo, pero principalmente telas, supongo que por los contactos que tenían sus cuñados en el rubro textil. Con todos los familiares que hablé coincidieron en tildar de paradójico aquel nombre, teniendo en cuenta que los Sigal eran socialistas.  En mi familia también hay un rumor que dice que Nicolás trabajó instalando los primeros ascensores de Buenos Aires y que instaló el mismísimo ascensor de la Casa Rosada, pero andá a chequear este dato.

Mis bisabuelos tuvieron seis hijos: León, Manuel, Sofía, Felisa, mi abuelo José y Marcos. A mi abuelo José le decían “Poroto” y a su hermano, Marcos, todos lo conocían como “Pocho”. Suena a canción de los Orosco, pero es real. Quienes conocieron a estos hermanos aseguran que eran muy unidos y se querían muchísimo. Todos, menos León Sigal, el mayor de los hermanos, que fue desterrado de la familia cuando era muy joven por su padre Nicolás.

Respecto al destierro de León hay muchas teorías y pocas certezas. Aparentemente se mandó alguna cagada bastante importante que hizo enojar tanto a su padre que decidió no sólo echarlo de su casa, sino que además le prohibió volver a aparecer en su vida. Por lo tanto, se imaginarán, era un tema tabú en la familia, y por eso, sabemos tan poco al respecto. Sin embargo la versión que más escuché de lo sucedido fue que León Sigal cayó borracho a su casa haciendo un papelón un día que su padre estaba reunido ni más ni menos que con el gobernador de San Juan. Imagino que aquel gobernador pudo haber sido uno de los hermanos Cantoni, porque me enteré que Nicolás era partidario del Cantonismo, un movimiento socialista del sector de más progresista de la UCR que tuvo a estos hermanos como gobernantes en varias ocasiones.

Yo, honestamente, espero que su hijo León haya hecho algo un poco más grave, como para justificar semejante castigo: si caer borracho a casa es motivo de expulsión familiar, seamos honestos, la mayoría de nosotros estaríamos desterrados. En fin, todos los adjetivos que fui recolectando sobre León en las charlas con mis familiares fueron bastante peyorativos, del estilo de “bohemio”, “vago”, “atorrante”’, “conflictivo”, “quilombero” y hasta “alcohólico”’. Es decir, básicamente, un adolescente.

Con respecto a sus otros hijos, la pareja Sigal-Levinton incentivaba mucho el estudio de todos ellos. Mis bisabuelos eran cultos pero no habían tenido la posibilidad de instruirse en una carrera profesional, por eso, proyectaban en sus descendientes las ganas de estudiar. Indudablemente creían que así podrían darle un futuro estable y progresar económicamente, y tanto no se equivocaron.

Por ejemplo, Manuel Sigal, el hijo mayor (después de León “El Desterrado”), se recibió de Ingeniero. Estudió la carrera en la provincia de Tucumán y hasta tuvo después la posibilidad de hacer un posgrado en Francia, becado por el gobierno de San Juan, en donde se dedicó a estudiar específicamente la extracción de azúcar de la remolacha. Un tiempo después, volvió de ese viaje casado con una francesa llamada Marie Louise Coupé, a quien apodaban Malú, quien muchos años más tarde sería la profesora de francés de mi viejo.

Por su parte, las dos hijas mujeres de la familia, Sofía y Felisa, se casaron con los hermanos Barg: Lolo y Jacobo, respectivamente. Estos dos chicos se dedicaban a repartir leche por todo San Juan en un carro tirado por un caballo llamado Chaplin. Así fue como conocieron a las hermanas Sigal porque la casa de ellas era parte del recorrido diario. Pero Sofía, antes de casarse con Lolo Barg –se llamaba Leopoldo pero todos le decían así–, decidió ir a estudiar a la Universidad de Córdoba. Sofía quería ser farmacéutica y años más tarde lo consiguió. Tal como en la historia de mi abuela, ella también tuvo la suerte de tener padres de mente abierta que la apoyaron para irse a estudiar lejos. En esa época era poco común que una mujer hiciera una carrera universitaria, pero Sofía siempre fue una mina muy moderna, y sus papás también. Finalmente se recibió y después se casó con Lolo, al igual que Felisa con Jacobo. Ambos hermanos Barg luego tendrían bodegas y les iría muy bien económicamente.

Por último, los dos hermanos menores de esta familia eran mi abuelo, José, y su hermano, Pocho, que era un poco más chico. Cuentan que ambos eran inseparables, se adoraban. Y también dicen que Pocho era un personaje muy divertido. Ambos se hicieron comunistas y tuvieron una juventud militante compartiendo miles de aventuras juntos, pero, por diversas cuestiones, a lo largo de sus vidas vivieron mucho tiempo separados en provincias distintas.

En cuanto a la casa de la familia Sigal en San Juan, me contaron que era un caserón tremendo en pleno centro, sobre la calle Tucumán al 630, frente a la comisaría. Y sobre la tienda de la familia, “La Norteamericana”, sé que fue creciendo y por eso los Sigal lograron acomodarse dentro de la clase media sanjuanina con un buen pasar. Pero lamentablemente este progreso familiar fue interrumpido por la repentina muerte de mi bisabuelo Nicolás, quien murió con apenas 50 años a finales de 1940, cuando mi abuelo José tenía solamente 17 años. No pude averiguar la causa de su muerte, pero al menos conseguí una carta que él escribió para sus hijos a modo de despedida. Si bien la carta es concisa y no tiene grandes declaraciones, empieza con una frase bastante linda que dice:

“Aquí está sentado el hombre fuerte, reducido en un niño débil y lejos de reponerse con inyecciones y otros medicamentos pero con una esperanza única de poderlos ver reunidos juntos. Tal vez ese sea mi mejor alivio”.

¿Se refería quizás a todos sus hijos, incluido, León “El Desterrado”? ¿Habrá sido ese el ansiado alivio, tal vez el de la redención? Jamás lo sabremos.

Ahora sí pasemos a la historia particular de mi abuelo José. La primera vez que él y su querido hermano Pocho tuvieron que separarse fue cuando José terminó el secundario y decidió que quería irse a estudiar medicina a Córdoba. Mi abuelo tenía una vocación de servicio innata, era solidario y le encantaba ser quien resolviese todos los problemas. Por eso, la medicina era la carrera perfecta: podía ayudar al prójimo y, a su vez, adquirir un buen pasar económico; ya que en aquellos tiempos ser médico era sinónimo de un estatus social elevado. José Sigal era un optimista nato, confiaba en sus cualidades y se la jugaba por lo que quería. De modo que, junto a su amigo Nuche, definieron estudiar Medicina en la Universidad pública más importante de la zona de Cuyo: la Universidad de Córdoba. Sí, exactamente la misma Universidad a la que fue mi abuela Manuela.

Es decir que en el año 1942, José y Nuche emprendieron el viaje a Córdoba que cambiaría sus vidas para siempre. Aunque ellos no lo supieran en ese momento, allí conocerían a sus futuras esposas, que casualmente eran amigas. Lo que tampoco podían imaginar era que en 1944 la ciudad de San Juan sufriría un terremoto que haría añicos todo lo que conocían. Como les mencioné en el capítulo anterior, la magnitud de este desastre natural fue enorme, porque prácticamente la ciudad entera se vino abajo. Por supuesto que en aquella época ninguna construcción estaba preparada para un sismo y por eso hubo que reconstruir todo. A pesar de que mi abuelo perdió algunos amigos y conocidos, tuvo la suerte de que toda su familia pudo sobrevivir a esta catástrofe.

Respecto al impacto del terremoto en la casa Sigal y el negocio familiar, escuché diferentes versiones. Hay quienes dicen que la casa se destruyó, otros indican que fue el negocio, y varios afirman que en realidad ninguna de las propiedades sufrió grandes daños. Pero no sabemos con exactitud cuál sería la versión correcta. Lo que sí sabemos, y algo les adelanté en el capítulo anterior, es que si este terremoto no hubiese sucedido yo no estaría acá, porque probablemente mis abuelos nunca se hubieran conocido.



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