Los Carulli - Capítulo 1

"Los Nonnos"


Esta es la increíble historia real de mi familia, la historia de mis raíces. Por parte de mi madre, Ángela Carulli, tengo sangre italiana. Esta primera parte se centra en sus padres, es decir, mis abuelos, Francesco Carulli y Ovidia Furno.

Francesco Carulli nació el 29 de Octubre de 1924, en un pueblo de Italia llamado “San Eusanio dil Sangro”, en la Provincia de Chietti, zona de Abruzos y cerca de Pescara, que es la ciudad más importante de la zona. Sus padres fueron José Carulli y María Concetta Di Prinzio, se dice que eran primos. Lo único que sé de ellos es lo que me contó mi mamá, quien los conoció en un viaje a Italia. Ella dice que María Concetta era medio amarga y que José Carulli era un poco más simpático. También me contó que tenían animales, criaban chanchos y que eran terratenientes de clase media. La pareja tuvo seis hijos, llamados: Nicola, Ana, Lidia, Nelda, Rosina y, mi abuelo, Francesco. Los seis hicieron la primaria, lo cual era todo un lujo en aquella época.

A muy corta edad, mi nonno Francesco fue llamado por el Ejército Real Italiano para luchar en la Segunda Guerra Mundial. Así formó parte de los llamados “Camisas negras”, mote que se le daba a los seguidores del dictador Mussolini, integrando el pelotón de los “Bersaglieri”, un regimiento de infantería cuyo nombre significa ‘’tirador certero’’. La característica principal de ellos era que se movían en bicicletas y utilizaban sombreros de ala ancha con enormes plumas negras de urogallo; toque distintivo de sus uniformes militares.
Un tiempo después, Francesco fue enviado en una misión hacia el norte de África, en la zona de Egipto, para enfrentar al ejército de los aliados estadounidenses. Allí el pelotón cambió sus típicas bicicletas por unas motos para mayor movilidad. Mi abuelo no era de hablar mucho sobre esta época, pero sabemos algunos datos. El tano contaba, por ejemplo, que él y sus compañeros habían pasado mucha hambre en la guerra y que para llenarse el estómago solían comerse cualquier perro que se cruzara en su camino. Otra historia que contaba era sobre el día en que lo enviaron en una misión especial para esconder la moto que manejaba y que finalmente enterró en algún lugar desértico de Egipto. Él aseguraba que podía volver a encontrarla si algún día retornaba a ese lugar. También sabemos que su pelotón fue derrotado en la batalla de “El Alamein” –bombardeo mediante– y que lo llevaron como prisionero de guerra a Estados Unidos, en donde pasó cuatro largos años preso. Lo que siempre contaba Francesco era que en Estados Unidos la había pasado bien, a pesar de todo, que lo habían alimentado muy bien y que era notorio el progreso económico de Norteamérica. Creía, sin dudas, que el futuro estaba en este nuevo continente. Y por eso decidió que, en cuanto terminara la guerra y lo liberaran, encontraría la forma de regresar a ese país para hacerse de un camino en este lado del gran charco. Y así fue.

La guerra terminó en el año 1945, cuando Italia perdió Francesco fue liberado y devuelto a su tierra natal. Allí juntó el dinero necesario para irse con su hermana Ana hacia el continente que lo había fascinado. Ana tenía unos 14 años y él no más de 24. Su única referencia sobre América había sido su estadía en Estados Unidos, así fue que, creyendo que sería igual en cualquier parte, tomó el primer barco con ese destino y terminó viniendo a Argentina; un país bastante diferente a lo que él había visto en Norteamérica, pero no menos prometedor. 

En cuanto a Ovidia Furno, mi nonna, nació el 14 de Septiembre de 1933, en un pueblo rural llamado San Leucio del Sannio, en la provincia de Benevento, región napolitana de Campania al sur de Italia. Sus padres, Ángela Verdino y Vicente Furno, formaron una familia numerosa de ocho hijos, llamados Alberto, María, Yolanda, Pierino, Ida, Emilia, Ovidia y un bebé que falleció a pocas horas de nacer, del cual no sabemos el nombre. La tragedia temprana marcó a esta familia italiana no solo por aquella pérdida, sino por otras dos, prematuras también: el pequeño Pierino murió con tan solo nueve años de edad y la niña María, con doce; ambos por enfermedades típicas de aquella época. Así los Furno pasaron a ser cinco hermanos.

La familia Furno era una familia católica practicante, muy humilde, que vivía en un pequeño campo alquilado trabajando la tierra. Papá Vicente era agricultor y mamá Ángela se encargaba de las tareas del hogar. Su familia era amplia, ya que en esta época era habitual tener muchos hijos para aumentar la ayuda en las arduas labores diarias del campo. Alberto, el único hijo varón de la pareja, ayudaba en las tareas rurales mientras que el resto de las labores campestres y especialmente las domésticas se repartían entre las cuatro hijas mujeres. El trabajo campesino era un poco ingrato y, finalmente, gran parte de la cosecha se la llevaba el arrendatario del terreno como pago del alquiler mientras que el resto era guardado por la familia Furno y racionado cuidadosamente para asegurarse un abastecimiento que les permita comer durante todo el año.

Mi nonna Ovidia contaba que para Navidad sus padres los hacían colgar sus medias y adentro ponían los regalos: para quienes se habían portado mal durante el año, el regalo era una cebolla, en cambio, quienes se habían portado bien, recibían una papa. Un retrato del nivel de pobreza que manejaban. Jamás tuvieron ningún juguete, pero papá Vicente solía improvisarle unos tacos con unas latas viejas para que su pequeña Ovidia desfilara arriba de ellos como si tuviera unos preciosos zapatos de taco alto. Y esto a ella, por su puesto, le fascinaba.

Los Furno vivían con lo justo, y el administrador de lo poco que había para comer era Vicente, claro, “el hombre de la familia”. Cuentan que Vicente guardaba bajo siete llaves los embutidos y que solamente los convidaba a la familia en contadas ocasiones. Aparentemente era un tipo recio pero en el fondo divertido; todas las noches, después de cenar, la familia se juntaba a contar chistes, historias, o cantar alguna canción típica de su pueblo. Todos cantaban porque la familia tenía una habilidad natural para la música, talento que fue transmitido de generación en generación hasta el día de hoy. En estas sobremesas se asentaba la cultura de aquella época, repitiendo siempre las mismas historias o canciones de manera que quedaran grabadas a fuego en la memoria de los niños. Tan así fue que Ovidia nunca olvidaría las canciones (o “canzonetas”, como ella las llamaba) de aquellos años en su pueblo natal. En el podcast "Insalata Rusa" podrán escuchar una de estas canciones cantada por mi familia.

Mi abuela guardaba pocos pero lindos recuerdos de su mamá, Ángela. Recordaba, por ejemplo, que tenían un horno a leña en donde ella les cocinaba con una cacerola gigante el guiso de turno, pero que, sin embargo, su mamá casi nunca comía porque el alimento no siempre alcanzaba para todos. Ovidia contaba además que su mamá era muy linda y que, además de ser una gran cantante, tenía unos hermosos ojos celestes. Ángela falleció muy joven, cuando Ovidia tenía sólo catorce años. Luego de la repentina muerte, su hermana Yolanda, la mayor de las mujeres, tendría que hacer las veces de madre.

Comentarios

  1. Nico que increíble historia !!! Gracias por compartirla. Descubrí tu podcast por qué hace un mes viaje a Sicilia y la historia de Italia me cautivó, así que me puse a buscar podcast y encontré el tuyo... es maravilloso !! Cuéntame, dónde vives ahora ?

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