Los Carulli - Capítulo 1
"Los Nonnos"
Esta es la increíble historia real de mi familia, la historia de mis raíces. Por parte de mi madre, Ángela Carulli, tengo sangre italiana. Esta primera parte se centra en sus padres, es decir, mis abuelos, Francesco Carulli y Ovidia Furno.

A
muy corta edad, mi nonno Francesco fue llamado por el Ejército Real Italiano para
luchar en la Segunda Guerra Mundial. Así formó parte de los llamados “Camisas negras”, mote que se le daba a
los seguidores del dictador Mussolini, integrando el pelotón de los “Bersaglieri”, un regimiento de
infantería cuyo nombre significa ‘’tirador
certero’’. La característica principal de ellos era que se movían en
bicicletas y utilizaban sombreros de ala ancha con enormes plumas negras de urogallo;
toque distintivo de sus uniformes militares.
Un
tiempo después, Francesco fue enviado en una misión hacia el norte de África,
en la zona de Egipto, para enfrentar al ejército de los aliados estadounidenses.
Allí el pelotón cambió sus típicas bicicletas por unas motos para mayor
movilidad. Mi abuelo no era de hablar mucho sobre esta época, pero sabemos algunos
datos. El tano contaba, por ejemplo, que él y sus compañeros habían pasado mucha
hambre en la guerra y que para llenarse el estómago solían comerse cualquier
perro que se cruzara en su camino. Otra historia que contaba era sobre el día
en que lo enviaron en una misión especial para esconder la moto que manejaba y
que finalmente enterró en algún lugar desértico de Egipto. Él aseguraba que
podía volver a encontrarla si algún día retornaba a ese lugar. También sabemos que
su pelotón fue derrotado en la batalla de “El Alamein” –bombardeo mediante– y que
lo llevaron como prisionero de guerra a Estados Unidos, en donde pasó cuatro
largos años preso. Lo que siempre contaba Francesco era que en Estados Unidos
la había pasado bien, a pesar de todo, que lo habían alimentado muy bien y que era
notorio el progreso económico de Norteamérica. Creía, sin dudas, que el futuro
estaba en este nuevo continente. Y por eso decidió que, en cuanto terminara la
guerra y lo liberaran, encontraría la forma de regresar a ese país para hacerse
de un camino en este lado del gran charco. Y así fue.


La
guerra terminó en el año 1945, cuando Italia perdió Francesco fue liberado y
devuelto a su tierra natal. Allí juntó el dinero necesario para irse con su
hermana Ana hacia el continente que lo había fascinado. Ana tenía unos 14 años
y él no más de 24. Su única referencia sobre América había sido su estadía en Estados
Unidos, así fue que, creyendo que sería igual en cualquier parte, tomó el
primer barco con ese destino y terminó viniendo a Argentina; un país bastante diferente
a lo que él había visto en Norteamérica, pero no menos prometedor.
En
cuanto a Ovidia Furno, mi nonna, nació el 14 de Septiembre de 1933, en un
pueblo rural llamado San Leucio del Sannio, en la provincia de Benevento,
región napolitana de Campania al sur de Italia. Sus padres, Ángela Verdino y
Vicente Furno, formaron una familia numerosa de ocho hijos, llamados Alberto, María,
Yolanda, Pierino, Ida, Emilia, Ovidia y un bebé que falleció a pocas horas de
nacer, del cual no sabemos el nombre. La tragedia temprana marcó a esta familia
italiana no solo por aquella pérdida, sino por otras dos, prematuras también:
el pequeño Pierino murió con tan solo nueve años de edad y la niña María, con
doce; ambos por enfermedades típicas de aquella época. Así los Furno pasaron a
ser cinco hermanos.


La
familia Furno era una familia católica practicante, muy humilde, que vivía en
un pequeño campo alquilado trabajando la tierra. Papá Vicente era agricultor y
mamá Ángela se encargaba de las tareas del hogar. Su familia era amplia, ya que
en esta época era habitual tener muchos hijos para aumentar la ayuda en las
arduas labores diarias del campo. Alberto, el único hijo varón de la pareja, ayudaba
en las tareas rurales mientras que el resto de las labores campestres y
especialmente las domésticas se repartían entre las cuatro hijas mujeres. El
trabajo campesino era un poco ingrato y, finalmente, gran parte de la cosecha
se la llevaba el arrendatario del terreno como pago del alquiler mientras que
el resto era guardado por la familia Furno y racionado cuidadosamente para asegurarse
un abastecimiento que les permita comer durante todo el año.
Mi nonna
Ovidia contaba que para Navidad sus padres los hacían colgar sus medias y adentro
ponían los regalos: para quienes se habían portado mal durante el año, el
regalo era una cebolla, en cambio, quienes se habían portado bien, recibían una
papa. Un retrato del nivel de pobreza que manejaban. Jamás tuvieron ningún
juguete, pero papá Vicente solía improvisarle unos tacos con unas latas viejas para
que su pequeña Ovidia desfilara arriba de ellos como si tuviera unos preciosos zapatos
de taco alto. Y esto a ella, por su puesto, le fascinaba.
Los
Furno vivían con lo justo, y el administrador de lo poco que había para comer
era Vicente, claro, “el hombre de la familia”. Cuentan que Vicente guardaba
bajo siete llaves los embutidos y que solamente los convidaba a la familia en
contadas ocasiones. Aparentemente era un tipo recio pero en el fondo divertido;
todas las noches, después de cenar, la familia se juntaba a contar chistes, historias,
o cantar alguna canción típica de su pueblo. Todos cantaban porque la familia
tenía una habilidad natural para la música, talento que fue transmitido de
generación en generación hasta el día de hoy. En estas sobremesas se asentaba
la cultura de aquella época, repitiendo siempre las mismas historias o
canciones de manera que quedaran grabadas a fuego en la memoria de los niños. Tan
así fue que Ovidia nunca olvidaría las canciones (o “canzonetas”, como ella las llamaba) de aquellos años en su pueblo
natal. En el podcast "Insalata Rusa" podrán escuchar una de estas canciones cantada por mi familia.
Mi
abuela guardaba pocos pero lindos recuerdos de su mamá, Ángela. Recordaba, por
ejemplo, que tenían un horno a leña en donde ella les cocinaba con una cacerola
gigante el guiso de turno, pero que, sin embargo, su mamá casi nunca comía
porque el alimento no siempre alcanzaba para todos. Ovidia contaba además que su
mamá era muy linda y que, además de ser una gran cantante, tenía unos hermosos
ojos celestes. Ángela falleció muy joven, cuando Ovidia tenía sólo catorce años.
Luego de la repentina muerte, su hermana Yolanda, la mayor de las mujeres, tendría
que hacer las veces de madre.



Nico que increíble historia !!! Gracias por compartirla. Descubrí tu podcast por qué hace un mes viaje a Sicilia y la historia de Italia me cautivó, así que me puse a buscar podcast y encontré el tuyo... es maravilloso !! Cuéntame, dónde vives ahora ?
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