Los Carulli - Capítulo 3
"La casa de Bonich y la Cosa Nostra"
La familia Carulli nunca pasó hambre, pero era una familia humilde que vivía con lo justo porque lo que se ganaba de más se ahorraba principalmente en ladrillos para ampliar la casa. Las vacaciones familiares no existían cuando las hermanas Carulli eran niñas, pero luego, ya un poco más de grandes lograron hacer algunos viajes todos juntos, como a Miramar o Córdoba.
La
casa de la familia Carulli fue creciendo y aquel terreno de la calle Guido
Spano 5362 se fue convirtiendo en una amplia vivienda con muchos ambientes
gracias a la ayuda de familiares y amigos. Inicialmente la casa tenía un gran
parque que mis abuelos usaban de huerta, pero a medida que pasaron los años
fueron aprovechando ese espacio para construir diferentes casitas que
alquilaban, todas con una entrada independiente a través de un pasillo que hoy
en día sigue funcionando y que pertenece a nuestra familia. Las ampliaciones
solía hacerlas el nonno Francesco siempre con colaboración de su esposa como
peón. Llegaron a edificar cuatro casas más en todo el amplio terreno de 400 m2 y
hasta construyeron un tallercito en donde Ovidia cosía corbatas y camisas por
encargo, donde tenía la foto del papa Juan Pablo II. En la casita del fondo sigue
viviendo actualmente el inquilino más antiguo de todos, el querido paraguayo
Teresio, que se llevaba muy bien con mi nonno y con quien compartí charlas y
travesuras cuando era chico.
Recuerdo
pasar gran parte de mi infancia en Villa Bonich jugando en esa cuadra con mi mis primas. En aquel barrio convivían todo tipo de dialectos de
diferentes partes de Italia, y, especialmente, en la casa de los Carulli se
hablaba en una mezcla de dos dialectos italianos mezclados con el castellano. A
esta nueva jerga le decían en broma “japonese” (yapaneze), por sus confusas expresiones que incluían palabras como
“escobar” para barrer, “cuchino” para la almohada o “forqueta” para el tenedor.
La
casa de Villa Bonich tuvo siempre una decoración muy simple, con algunos adornos
destacados que les recordaban a su madre patria, como unas piezas de cerámica
traídas por el nonno de Italia en uno de sus viajes. Recuerdo patentemente una
caramelera con forma de tortuga que estaba en el living, a la cual le levantabas
el caparazón y descubrías los caramelos más feos del mundo en su interior. También
tenían un combinado para escuchar vinilos, marca INTEGRAPHON, que era más usado
por sus hijas que por ellos porque nunca fueron de ponerse a escuchar música.
Ese viejo combinado lo tengo ahora en mi casa con algunos de sus vinilos. También
recuerdo que durante mi infancia, cuando íbamos de visita, me encantaba mecerme
en la hamaca que le había construido mi abuelo a mi vieja, quien también confiesa
haberla disfrutado mucho cuando era chica.

Las disputas conyugales en la familia Carulli solían ser verbalmente violentas, por parte de ambos, y siempre a los gritos como buenos tanos. Si bien sabemos que Francesco tenía un carácter irascible, Ovidia no se quedaba atrás y más de una cena familiar terminó con amenazas de vendetta de ambas partes.
Francesco fue un padre exigente y estricto. Era machista, como todos en esa época y tenía un carácter complicado. Sus hijas recuerdan que no era un padre cariñoso y que lo único que solía regalarles era una enorme barra de chocolate “Felfort” para los días festivos. Como padre, fue más severo con Ángela que con Hilda, pero a ninguna les hizo fácil transitar la adolescencia. Era celoso y controlador, no le gustaba que sus hijas tuvieran novios, ni mucho menos que desobedecieran alguna orden del patriarca de la familia. Ambas recuerdan que aprovechaban sus siestas, o cuando estaba absorto con la tele viendo “Bonanza”, para escaparse a hacer travesuras. Con Hilda, seis años menor que Lita, fue un poco más permisivo y afectivo, tanto así que le regaló una moto cuando ella cumplió 18 años y un jeep descapotable cuando se recibió en la facultad.
Ovidia, por su parte, fue una muy buena madre, gran confidente y amiga de sus hijas. Siempre estuvo para ellas y el sentimiento era recíproco. Pero al igual que Francesco, era estricta en cumplir las normas y los límites que imponía. Era una mujer católica, muy religiosa y devota de la iglesia del barrio. Todos los domingos iba a misa y una vez por semana se juntaba en la casa de alguna de sus amigas de la iglesia a rezar el Rosario. Era prolija, organizada y muy recta. Siempre hacía lo que consideraba justo y era solidaria, por eso fue muy querida entre sus vecinos. Ovidia no era tan sociable como su marido, sus mejores amigas eran en su mayoría integrantes de la familia: su hermana Ida, su cuñada Ana, y la prima de su marido, Inés. Nunca le gustó salir, ni tampoco irse de viaje, era una mujer rutinaria que prefería llevar una vida de entrecasa.

La
nonna decía que su marido era capaz de hacer todo lo que se proponía, aunque el
nonno en realidad no era de proponerse grandes metas. A él no le gustaba
trabajar pero se daba maña con todo, era habilidoso aunque prefería pasar el
tiempo holgazaneando o invertirlo en diversos emprendimientos que nunca
prosperaban, como cuando crió un chancho en la terraza o cuando compró un lote
de zapatos que nunca vendió. Sus trabajos formales fueron siempre en fábricas
de la zona, porque Villa Bonich era un polo industrial en crecimiento y por eso
el tano laburó de operario en varias empresas metalúrgicas. Tiempo después fue
colectivero. Y finalmente llegó a ser capataz en una fábrica de autopartes en Martínez,
hasta que a sus 45 años tuvo un preinfarto y pasó a ser jubilado
anticipadamente. Luego, ya jubilado pero siendo aún joven, trabajó de sereno en
algunas de esas fábricas.
La
especialidad culinaria del Nonno Francesco eran los asados, aunque también cocinaba
guisos de mondongo y, a veces, caracoles, típica tradición de inmigrantes
italianos. Además hacía churros y pizzelas,
plato típico de los abruzzeses; son como una especie de crepes dulces que el
abuelo hacía con un molde de hierro cuyo centro tenía labradas sus iniciales
“C.F” que se grababan en las pizzelas al cocinarse.
Junto
a Ovidia solían hacer muchísimas botellas de conservas de tomate en una especie
de ceremonia familiar que incluía la ayuda de amigos y vecinos, todos los años
durante el mes de febrero. Cosechaban los tomates de su propia huerta en
grandes cantidades y los cocinaban en ollas gigantes. Las botellas las
esterilizaban previamente, luego las rellenaban con los tomates ya cocidos y
finalmente las sellaban al vacío hirviéndolas en agua. Otras conservas que
solía hacer Ovidia, pero esta vez como cosa suya, sin grandes ceremonias ni
ayuda, eran las berenjenas y los frascos de aceitunas que cosechaba con sus
propias manos del enorme olivo que tenían en la vereda de su casa.
La
nonna Ovidia se desenvolvía muy bien en la cocina dentro de un catálogo
reducido de comidas como guisos o polentas. Además hacía ricas pascualinas y
exquisitas pastas caseras; recuerdo sus canelones de verdura, o los ñoquis de
papa amasados a mano que tenían una consistencia perfecta, y el tuco, hecho con
sus propios tomates era hervido durante mil horas hasta que tomaba un sabor
increíble; su secreto: le ponía mucha zanahoria y mucho ajo. En todas las Pascuas
hacía una torta de arroz y su cuñada, la tía Ana Carulli hacía la chichirqueata: unas bolitas de masa con
miel, también típicas de los abruzesses. Si había comida mi nonna comía, pero
si no había, no había, igual que su madre. Pero eso sí, jamás podía sobrar
comida en algún plato, ni mucho menos tirarla o dejar que se pudriese. Antes de
tirar algo, la nonna era capaz de comer lo que sea porque nunca pudo olvidar su
niñez de pobreza en la Italia de posguerra, o como ella le decía: la Güerra. Probablemente sus recuerdos de infancia eran
tristes, y tal vez por eso nunca quiso volver a su tierra natal. Ella no quería
saber nada con aquel lugar donde sufrió guerra, pobreza y hambre, además de
perder a tres hermanos y una madre. Siempre tuvo resentimiento con su madre
patria.

Francesco en cambio volvió a Italia dos veces. La primera fue en el barco llamado “Julio Cesar”, el viaje duraba 21 días de ida y 21 días de vuelta, fue acompañado de su hija Lita porque su esposa Ovidia, claro, se negaba a volver a su tierra natal. Durante el viaje a bordo del “Julio Cesar”, el nonno Francesco le enseñó a bailar a Lita, y ella siempre cuenta que él se enojaba muchísimo y la retaba con fuerza cada vez que se equivocaba en algún paso de baile.
En
este viaje, padre e hija pasaron un mes entero en Europa, principalmente en la
casa de los padres de Francesco que vivieron siempre en el mismo lugar. A poco
de llegar, Francesco y su hija mayor vivieron una ceremonia tradicional del
pueblo que consistía en matar a un chancho dejándolo desangrar y agonizando
lentamente; una celebración un tanto brutal para nuestros días.
La
segunda vez que el nonno volvió a Italia fue en avión y esta vez viajó solo,
con el objetivo de cobrar parte de una herencia familiar, pero parece que no lo
consiguió y terminó volviéndose a la Argentina peleado con toda su familia.

Ovidia,
a pesar de ese resentimiento por su tierra, conservó siempre arraigadas algunas
costumbres de su patria, por ejemplo, una tradición que le quedó grabada de sus
raíces era cantar las canzonetas de
su pueblo; tenía una voz aguda muy linda. Escuchaba a cantantes como Gianni
Morandi o Massimo Ranieri, pero no disfrutaba la música sentándose a escucharla
sino más bien cantándola. Otra costumbre italiana de mi nonna era repetir
siempre refranes que le decía su mamá y que eran parte importante de su
filosofía de vida. Por ejemplo: “Cento
mesura e un taglio”, que quiere decir “Cien
medidas y un tajo”; este era un refrán propio de su oficio de costurera,
que hace referencia a que hay que tomar varias precauciones y medir muy bien
las cosas antes de hacerlas. Otra muy común era: “Piano, piano, se va lontano”, que significa “Despacio, despacio, se llega lejos”. Era una mina muy paciente,
muy tranquila. También solía repetir: “Pane
e capa nunca se lascia”, es decir “Comida
y abrigo nunca se deja”. Siempre que
la nonna iba a algún lado cumplía con este refrán a rajatabla y se lo hacía
cumplir además a toda su familia. Ella siempre llevaba abrigo y comida a donde
fuera, por las dudas. El último refrán que recuerdo es: “Mangia, che ti fa benne”, que quiere decir “Come, que te hace bien”. Clarísimo.


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