Los Carulli - Capítulo 2
Antes de la dictadura de Mussolini, la mayor parte de la población italiana era analfabeta y, mal que nos pese a muchos, el nefasto dictador logró revertir la situación estableciendo la escuela básica obligatoria hasta tercer grado, para las mujeres, y hasta quinto, para los varones. ¿Por qué? Por la discriminación machista de siempre. Gracias a esto, en la familia de mi nonna Ovidia, Alberto Furno pudo estudiar y fue el único de los hermanos que llegó a ser maestro mayor de obras, oficio que luego enseñó a dos de sus hermanas, Ida y Ovidia. Ellas comenzaron a ser sus peones y disfrutaban de esta tarea que las alejaba, al menos por unas horas, de su rutinaria vida rural. Dicen que Ida Furno era la más sociable y extrovertida, a diferencia de Ovidia, que siempre fue más retraída. Algunos años después, emprenderían juntas el viaje hacia América que cambiaría sus vidas para siempre.
El primero
de mis abuelos en venir fue el nonno Francesco que, junto a su hermana Ana,
llegaron a Buenos Aires el 12 de Septiembre de 1948 en un barco llamado “Patizanka”. Vinieron por recomendación
de Asunta, una amiga de la familia que vivía desde hacía un tiempo en un
conventillo de Capital y ese fue entonces el primer hospedaje de los recién llegados.
Ana no se llevaba muy bien con su hermano así que la convivencia fue bastante
difícil; y un par de años después, con tan solo 16 años, conoció a Mario
Ritossa con quien se casó y formó una familia.Luego
de la Segunda Guerra Mundial, Italia estaba devastada económica y anímicamente,
y esto se vio reflejado en la cantidad de italianos que emigraron a América en
busca de una vida mejor. Entre tantos inmigrantes estaban mis nonnos, quienes
vinieron hacia Argentina buscando un futuro mejor.

Para esa misma época, la familia de la nonna comenzaba del mismo modo a emigrar de su tierra natal. Y Buenos Aires fue también el destino elegido. Primero, viajó el varón de la familia Furno, Alberto, quien dejó en Italia una esposa y una hija a quienes no volvió a ver, y luego formaría una segunda familia acá en Buenos Aires con una española llamada Jesusa. Tiempo después vinieron sus hermanas, Yolanda, Ida y, finalmente, Ovidia. La abuela Ovidia arribó al puerto de Buenos Aires en el barco “Santa Fe” un 8 de Junio de 1954, con tan sólo 20 años. La única hermana que no vino fue Emilia quien se fue a vivir a Milán, en donde estudió enfermería y tuvo una familia con un buen pasar.
En
aquellas épocas las valijas de viaje eran unos enormes y pesadísimos baúles en
donde los inmigrantes llevaban todas las pertenencias necesarias para ese viaje
interminable al que se sometían en alta mar ilusionados con su mudanza hacia el
nuevo continente. Muchos años después, en la casa de mis nonnos, esos baúles
estarían decorando la sala hasta el día de sus muertes. Incluso hoy, los baúles
de ambos están en la casa de mi vieja. La nonna contaba siempre que eran tan
pocas sus pertenencias cuando viajó a la Argentina que en su baúl sobraba demasiado
espacio y que por eso decidió rellenarlo con escobas, aunque no tenemos idea
por qué.

La primera vivienda que tuvieron los cuatro hermanos Furno fue en Parque Chas, donde convivieron con varias familias más en un conventillo en la calle Ballivián al 3332, entre Ceretti y Burela. Esta fue la morada de mi nonna Ovidia hasta que se casó. Mientras fue soltera y luego de casarse, su sustento económico fue la confección de pañuelos, corbatas y paraguas, en un trabajo independiente que denominaban “fasonier”. En aquel momento se cosía todo a mano, por supuesto, de manera muy artesanal; consistía básicamente en coser de manera tercerizada (y bastante precarizada) para varios clientes, que solían ser pequeñas empresas. Quien empezó en este rubro fue su hermana, Ida, la más extrovertida, divertida y mandada de las mujeres Furno. Así que luego, mi abuela Ovidia aprendió de ella este oficio textil.
Mis
abuelos, Francesco y Ovidia, se conocieron una noche
cualquiera, bailando en el boliche “San Jorge”, que quedaba en Nazca y Mosconi
y que desde 1982 lleva el nombre de “City Hall”. Ahí empezó su historia de amor.
Mi nonno era un tano carismático que tenía un gran talento para todo tipo de
baile: paso doble, vals, cumbia colombiana; ningún ritmo era un desafío para
él. En cada reunión era el centro de atención y probablemente eso fue lo que
cautivó a mi nonna, quien venía de una familia recta y religiosa. Ovidia en su
corta vida sólo había sufrido la estricta rigidez del trabajo en el
campo y no sabía lo que era divertirse.

Luego de salir durante un tiempo, el tano tuvo que pedir la mano de su amada a los hermanos de esta, ya que su padre seguía viviendo en Italia. Un día, finalmente se casaron por iglesia, como correspondía en aquella época. El día de la boda Ovidia lucía, a pedido de su marido, unos tupidos bigotes que llamaban la atención. Nadie puede asegurar con exactitud el porqué de este pedido, pero creemos que fue a causa de los típicos celos del controversial Francesco.
El nonno era un tipo especial, con dos personalidades muy distintas: dentro de su hogar era el mismísimo Mussolini, se tenía que hacer lo que él decía o afrontar las duras consecuencias, en cambio, fuera de su casa era un personaje adorable. Francesco se hacía amigo de todo el mundo, le encantaba “hacer sociales” y se la pasaba de joda en joda. Fue tan jodón y divertido en el barrio le decían ‘’Pachanga’’. Sin embargo, lo que tenía de sociable lo tenía de cabrón, y, por eso, era habitual que se peleara con algún vecino por cualquier pavada; armando disturbios pero que jamás llegaban a las piñas.
Tramposo para jugar, lo suyo era el chinchón y la escoba del quince. Te descuidabas y el tano se carteaba. Fumaba, aunque no mucho, y tomaba vino con soda, pero nunca en exceso. Por otra parte, siempre andaba bien arreglado y prolijo; era un tipo muy coqueto: se delineaba las cejas, se teñía el bigote y usaba chombas prolijamente metidas dentro del pantalón. Además, le gustaba comprarse pilcha de marca y era fanático de los cuchillos, los cuidaba muchísimo y les tallaba sus iniciales.
Después
de casarse, y a medida que pasaron los años, fue dejando crecer su panza hasta llegar
a ser un tano obeso de 130 kilos. Sin embargo, siguió siendo igual de ágil para
la danza. Nunca perdió la coordinación ni el ritmo. Su gordura se veía
incrementada por el hecho de que no hacía ningún deporte. El tano amaba sentarse
a ver series de cowboys y dicen que ver
“Bonanza” era su momento preferido del día.

Por
su parte, la nonna Ovidia era una mujer sencilla y modesta, incluso para
vestirse; jamás se maquillaba, pero le gustaba mucho hacerse las manos. Ella tenía
cierta devoción por los zapatos, esto era en lo único que podía llegar a gastar
algún dinero. Tal vez usar lindos tacones le recordaba a las manos de su papá,
allá en Italia, construyendo unos tacones de lata para ella, quién sabe. En
todo lo demás ahorraba, la nonna siempre ahorraba; durante toda su vida guardó
todo el dinero que pudo y nunca quiso gastarlo en ninguna cosa, ni si quiera en
algo que ella disfrutara. Fue una mujer muy trabajadora y sacrificada. Dedicó
su vida entera al trabajo, no solo ejerciendo como fasonier, sino además dedicándose incansablemente a las tareas del
hogar y el cuidado de su familia.
Una
dato curioso: acostumbraba comer en ayunas todas las mañanas, ¡un diente de
ajo! Ella aseguraba que eso le hacía bien al corazón, andá a chequearlo. Lo que
sí estoy seguro es que no la ayudaba con el aliento matutino.
Luego
de casarse, este flamante matrimonio decidió comprar un terreno en la localidad
de Villa Bonich, en el partido de General San Martin. Allí levantaron ladrillo
a ladrillo la que sería su casa definitiva, sobre la calle Guido Spano.
Eligieron este destino del conurbano bonaerense porque precisamente allí existía
una comunidad de italianos abruzzeses y entre ellos, una prima de Francesco,
llamada Inés. Una arraigada tradición de los italianos inmigrantes de aquellas
colonias suburbanas era la ayuda vecinal que se daban para levantar paredes.
Siempre que un vecino necesitara mano de obra para edificar su casa, iba a
contar con el trabajo ad honorem –aunque
con una buena comida de por medio, claro– de los demás vecinos de la cuadra. Y
mis nonnos no fueron la excepción, aunque ellos contaron además de sus vecinos
con la ayuda de algunos familiares de Ovidia, como su cuñado Nazareno o su
sobrino Vicente. La casa que construyeron era un hogar humilde, con un terreno
extenso en el cual los tanos soñaban seguir edificando, para algún día vivir de
alquileres. Alerta de spoiler:
finalmente lo lograron.

El otro gran objetivo de la pareja era formar una familia. Ovidia soñaba con ser madre desde el primer momento, así que cinco meses después del casamiento llegó la gran noticia: estaba embarazada de una nena. Francesco insistía en llamarla María Concetta, en honor a su madre, pero Ovidia se negaba, de modo que terminaron negociando que el nombre de su futura beba sería Ángela, como la mamá de ella, y de segundo nombre, María, como la mamá de él. Afortunadamente para la beba el nombre “Concheta” fue descartado, aunque finalmente Ángela María, mi mamá, sería conocida por todos bajo el diminutivo “Lita” hasta el día de hoy.
Seis años después del nacimiento de Lita, la pareja dio a luz a su segunda hija: Hilda Patricia. El nombre Hilda fue en honor a la partera que la trajo al mundo y el de Patricia fue elegido por la pequeña Lita, quien le dio a su hermanita recién nacida el nombre de su muñeca preferida.

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