Los Sigal - Capítulo Final
"Un recuerdo en la tormenta”
“Indudablemente el pensar en los hijos a una la hace reaccionar, siempre pensé que de lo contrario la vida no hubiese tenido sentido.”
Ya pasaron 52 años desde aquél día de verano en el que falleció mi abuelo José. Poco a poco, mi abuela salió adelante. Sus hijos, y luego sus nietos, fueron el motor que hizo que Manuela siguiera luchando. Mi papá, Hugo, solo tenía siete años cuando esto sucedió y era la gran preocupación de toda la familia. Por suerte, mi viejo tuvo la compañía de muchos tíos y tías, ya sea de sangre o postizos, que estuvieron cerca de mi abuela para ayudarla con la crianza y darle cariño a él y a sus hermanos.
Manuela no volvió a tener pareja y honestamente fue como si hubiese vivido de luto el resto de su vida. Pudo disfrutar nuevas experiencias y no dejó de ser una persona alegre, pero siempre se notó que algo le faltaba. Y era totalmente lógico, porque había perdido al amor de su vida.
Siempre se dedicó a la familia y siguió trabajando incansablemente. Mantuvo durante algunos años más la clínica que habían puesto con José en Banfield, pero tuvo que atravesar algunos obstáculos para resolver la sucesión de los pacientes de su difunto esposo, porque otro médico de la clínica, ávido de negocios, quería quedarse con la nómina de todos ellos. Finalmente pudo resolver aquel conflicto gracias a la intermediación de uno de los fundadores y más altos mandos del partido comunista, un tal Rodolfo Ghioldi, que era paciente de mi abuelo. Como todos los médicos de la clínica eran del PC, semejante autoridad puso orden en el asunto inmediatamente, y esto permitió que mi abuela pudiera elegir quién sería el médico sucesor de José.
Por aquellos años, Manuela tuvo que ingeniárselas para seguir manteniendo sola a su familia. Por suerte, un día surgió una inesperada propuesta laboral por parte del hermano mayor de mi abuela, llamado Ñato Plotkin, quien vino de Concordia a vivir con su familia a Buenos Aires y le propuso que sean socios de un local de golosinas en el barrio de Once. Mi abuela aceptó y así abrieron “La Bombonera”. Como un idiota, yo siempre creí que se llamaba así porque vendían bombones, pero hace poco me enteré que este nombre era en honor a la mítica cancha de Boca, porque tanto Ñato como su hijo Wicho eran fanáticos de este glorioso club de la rivera porteña.
Así fue como durante varios años mi abuela trabajó medio día en este local y medio día en la clínica de Banfield. Encima, a la noche cocinaba en su casa las tortas que llevaría al local al día siguiente. Era un ritmo insostenible y, además, noten las grandes distancias entre cada lugar: su hogar quedaba en Recoleta, el local, en Once y la clínica, en Banfield. Por eso fue que en 1971 Manuela decidió mudarse a Once para estar, al menos, cerca del local. Así que sacó un crédito y compró un departamentito sobre Av. Rivadavia al 2328. En su diario, ella cuenta que si bien el lugar era chico, tenía algo especial: era agradable. Además, de manera optimista relata que al estar en un piso 15, en épocas de cortes de luz era una buena gimnasia subir y bajar las escaleras. El amplio departamento de Recoleta lo puso en alquiler; no tenía otra opción porque si lo vendía, como estaba a nombre de su difunto esposo, la mitad del dinero tenía que quedar guardada en el banco hasta que todos sus hijos cumplieran 21. Recién muchos años más tarde, cuando el menor de sus hijos, mi papá, cumplió 21, pudieron venderlo y gracias a eso mi viejo se pudo comprar su primer departamento.
A este nuevo hogar que mi abuela formó en Once solamente fueron a vivir sus hijos Jorge y Hugo, porque Eduardo para esa época ya se había ido a vivir a La Plata para estudiar Medicina; aunque antes de esto tuvo que hacer la colimba. Hoy suena un poco inverosímil, pero hasta 1994 era obligatorio que los varones luego del secundario pasaran un año entero viviendo y entrenando en un cuartel militar. Básicamente les hacían pasar el tiempo limpiando, haciendo ejercicios y recibiendo todo tipo de abusos por parte de sus superiores. Mi abuela cuenta en su diario que cuando lo iba a visitar a su hijo, de paso, le daba consejos a sus compañeros de cuartel sobre cómo encerar bien los pisos.
…
Como les conté, toda la familia estuvo muy presente para Manuela y sus hijos. Por eso, mi papá guarda muy buenos recuerdos de sus familiares, como las hermanas de mi abuela, “Las bellas Plotkin”: Eva, Esther y Clara. También la hija de Esther, llamada Thedy, junto a su marido Enrique, estuvieron siempre cerca para sacar a pasear al pequeño Hugo y darle una mano a mi abuela. Otro tío al que mi viejo quería mucho era su tío Norman, el esposo de Clara Plotkin, que estaba muy presente.
Norman fue un personaje bastante peculiar. Y por eso les quiero contar un poco más sobre él. De apellido escocés, Robertson; se crió en el seno de una familia humilde de Salta y de joven se enlistó en la Gendarmería. Era un tipo super culto, que amaba leer y se recibió en un montón de carreras porque estudió hasta sus últimos años de vida inclusive. Fue farmacéutico, bioquímico y psicólogo, sólo por nombrar algunos de sus títulos. Y me contaron que como era psicólogo, mi abuelo José siempre lo gastaba porque para él el psicoanálisis era puro verso. Norman llegó a ser Comandante Mayor del ejército, pero su rol nada tenía que ver con las armas ni con los uniformes militares. Él se dedicaba a toda la parte científica de las fuerzas; sin embargo, una vez tuvo que ponerse el uniforme para ayudar a mi abuela a zafar de un problema.
Más precisamente fue en el año 1972 que este particular gendarme salteño-escocés acudió en auxilio de Manuela, cuando a su hijo Jorge lo querían echar del colegio:
“El Rector acusaba a Jorge de haber participado de una volanteada dentro del colegio y, por supuesto, tuve que asistir a una reunión nada agradable. El Rector, furioso, prácticamente no me dejaba intervenir. Como yo ya lo había hablado con Norman, le pedí que me prestara el teléfono y él accedió. Llamé a Gendarmería y pedí hablar con Norman anteponiéndole al apellido el grado que él tenía. El tipo abrió los ojos y su expresión cambió. Creo que fue la primera vez que Norman asistía a un lugar con uniforme, y en el auto lo esperaba haciendo de chofer otro bioquímico también uniformado. La postura del Rector cambió y quería dar explicaciones, pero Norman lo interrumpía y le insistía que quería el pase para otro colegio y que no le podía aceptar la expulsión. En fin, el asunto fue que no les quedó otra salida, yo creo que hasta a mí me asustaba la postura de Norman, era un verdadero milico.”
Años más tarde, luego de que mi abuela dejara la clínica de Banfield y también “La Bombonera”, nuevamente su cuñado Norman le dio una mano: le consiguió un puesto en el Ministerio de Salud como Subdirectora de Medicamentos, y este sería su último trabajo hasta jubilarse. Norman, junto a su esposa Clara, vivieron en diferentes partes del país por la carrera militar de él y no tuvieron hijos. Clara enfermó siendo bastante joven y estuvo muchos años convaleciente hasta que finalmente falleció. Lo novelesco (y algo polémico) de esta historia es que él se terminó enamorando y luego casando con la enfermera que cuidó de su esposa, durante sus últimos años de vida.
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Un año antes de aquel incidente con el rector, mi tío Jorge con tan sólo 18 años tomó la decisión de irse un año entero a estudiar a la Unión Soviética. ¿A estudiar el secundario de intercambio?, se preguntarán. Para nada, iba enviado a través del Partido Comunista a instruirse sobre marxismo-leninismo en la mismísima “Patria de los Trabajadores”. Se trataba ni más ni menos que de la Escuela Superior del Komsomol Leninista, que era una especie de Hogwarts pero para comunistas, donde estudiaban los futuros líderes mundiales de la revolución. En esta escuela soviética clandestina se les enseñaba a estas jóvenes promesas bajo un manto secreto típico de la Guerra Fría.
Recordemos que en aquellos años el comunismo era un importante sistema de gobierno que le disputaba el puesto de potencia mundial al capitalismo yankee. Por eso, La Unión Soviética, junto con cualquier idea de izquierda, era vista como una amenaza para los EEUU. Y en lo que duró la Guerra Fría ambos países tuvieron muchos proyectos secretos, como aquella Escuela Superior del Komsomol Leninista a la que asistió mi tío. Mientras tanto, EEUU financiaba el nefasto Plan Cóndor que organizaba sistemáticamente sangrientas dictaduras militares en toda la región de América Latina; justamente con la excusa de prevenir que el comunismo se expandiera por nuestro continente como había sucedido en Cuba.
Fue por este maquiavélico plan que en 1966 ocurrió en nuestro país el golpe de estado de Onganía. Y para 1971, cuando mi tío Jorge se fue a estudiar a Rusia acá seguíamos en dictadura pero ahora con Lanusse al mando. Por eso, él tuvo que viajar con un pasaporte falso bajo otra identidad: la de un tal Marcelo Palma. Hoy en día esto suena a película de espías, pero cosas como estas pasaban de verdad. Mi abuela recibía cada tanto alguna carta de este hijo, ahora apodado Marcelo, que le contaba sus peripecias desde la otra punta del mundo.
A pesar de que Manuela se preocupaba por las andanzas de sus hijos, siempre bancó sus decisiones en materia de militancia, porque sabía que eran consecuentes con los ideales que ella y José les habían inculcado. Incluso, más de una vez tuvo que soportar que cayera la cana a buscar a alguno de ellos. Lamentablemente, la clandestinidad era algo cotidiano en sus vidas porque ser comunista tenía sus riesgos en cada gobierno de facto; y en algunos democráticos también. Un ejemplo de las cosas que mi abuela soportó estoicamente fue aquella vez que recibió en su departamento, de manera involuntaria, a uno de los tipos más buscados de aquel entonces.
Pero antes de contarles esa anécdota, rebobinemos un par de años a 1969 para ponernos en contexto. En lo que respecta al plano internacional, la competencia entre rusos y norteamericanos de la que les hablé se veía reflejada también en la carrera espacial y en aquel año, Neil Armstrong se convertía en el primer hombre en pisar la Luna. O en el protagonista de un corto de Kubrik, dependiendo a quién le creas. En cuanto a nuestro país, durante aquel año ocurrió una histórica revuelta popular conocida como “El Cordobazo”, en la que varios sindicatos de Córdoba se revelaron en contra de la dictadura de Onganía enfrentándose masivamente contra la policía y provocando la renuncia del presidente de facto. Uno de los principales dirigentes sindicales de aquella revolución popular fue Agustín Tosco, quien se volvió un reconocido militante socialista.
Más adelante, entre 1973 y 1976, nuestro país tuvo un pequeño período de democracia pero, incluso en aquellos años, la violencia no había cesado. De hecho, para el año 1975 en el que transcurre la anécdota que les voy a contar, la Triple A salía a cazar y matar a cualquier persona con pensamientos de izquierda. “Triple A” significa “Alianza Anticomunista Argentina”; un nombre que no deja margen de dudas acerca de su odio visceral por la ideología de mi familia.
Ahora sí, volvamos a mi abuela y su visita inesperada. En medio de este peligroso contexto que les acabo de contar, su hijo Jorge le dio una mano a su mejor amigo Alberto, para trasladar a un compañero misterioso que llegaba a Buenos Aires en busca de atención médica. Para sorpresa de Jorge, y más aún de mi abuela, el bunker designado para esconder al camarada era el pequeño departamento de Manuela en Once.
Una vez allí, mi abuela los atendió con comida y bebida, como hacía siempre con todo invitado. Más tarde, mientras ella iba y venía, vio que el misterioso huesped se sacaba su peluca y ahí se dio cuenta de la locura que estaba sucediendo frente a sus narices: tenían al mismísimo Agustín Tosco en el living de su casa. Por esos años, el dirigente sindical del Cordobazo era buscado por la policía y también por la Triple A. Mi abuela casi se desmaya de la sorpresa, pero luego de superar su estado de shock se recompuso y los muchachos más tarde se fueron a terminar el “operativo traslado”. Resulta que el gringo Tosco estaba muy enfermo, tenía un tumor y había venido desde Córdoba para ser tratado por un médico. Finalmente, falleció un mes después de aquella visita.
…
Los años pasaron y los tres hermanos Sigal fueron creciendo. Tanto Jorge como Eduardo continuaron militando en el Partido Comunista varios años más y luego mi papá, Hugo, se sumaría también a este legado familiar. En el partido disfrutaban aquel sentido de pertenencia y seguramente sentirían algún tipo de conexión con la figura de su difunto padre que les había inculcado esta ideología. Como les conté, este estilo de vida tenía sus riesgos y sobre todo durante la última y más sangrienta de todas las dictaduras. Luego del golpe militar del ‘76 al mando de Rafael Videla, se desarrolló la horrorosa historia de los desaparecidos que ya todos conocemos. En esta triste página de la historia Argentina, los Sigal fueron viendo cómo desaparecían muchos de sus amigos en manos de los milicos, incluído aquel amigo de Jorge que organizó el traslado de Tosco, el querido cordobés Alberto Caffarati.
En el año 1978, la selección argentina de fútbol ganaba su primer mundial de la mano del matador Kempes y para mi abuela fue un año de aventuras. Al verla tan cansada por sus múltiples trabajos, sus amigos Reba y Rafael Sirkin la convencieron de que se vaya con Reba a conocer Europa. Después de pensarlo mucho, Manuela aceptó la invitación y a este viaje se sumó su cuñada Sofía Sigal. Mi abuela cuenta en su diario que Sofía se enfermó a mitad del recorrido y tuvo que volverse de urgencia a Buenos Aires para que la operen de la vesícula. ¡Pobre Manuela! Su primer y único viaje al exterior incluyó esta traumática experiencia en la cual tuvieron que buscar asistencia médica en medio de Alemania y sin que n adie les entendiese ni media palabra. Pero por suerte, su cuñada fue operada con éxito y aquella desgracia terminó siendo tan sólo una anécdota más.
Sofía Sigal, hermana de José, también acompañó mucho a Manuela durante toda su vida y se llevaban bárbaro. Sofía era una mujer muy divertida, siempre activa, que le levantaba el ánimo a mi abuela y la entretenía con las miles de historias -de dudosa veracidad- que solía contar en cada reunión. Parece que era todo un personaje. Cuentan que en cada fiesta pelaba el acordeón y daba un show, con un repertorio que oscilaba entre el tango y el folklore. El accidentado viaje a Europa que hizo con mi abuela fue uno más para ella, porque con su esposo Lolo viajaban seguido al Viejo Continente y se traían de todo. De hecho, tenían un pasar económico tan bueno que cuentan que en uno de esos viajes, Sofía se trajo 23 valijas llenas de cosas.
…
Unos años más tarde, luego de sufrir una categórica derrota en la Guerra de Malvinas, la dictadura militar abandonó el poder presidencial, dejando en la sociedad argentina una tremenda marca que no se borraría jamás. Por suerte, en 1983 volvió la democracia. Alfonsín ganó las elecciones y poco a poco, la tensión social fue aflojando. Se hicieron los juicios a las juntas militares y nuestra sociedad finalmente se unió para decirle de una vez por todas “nunca más” a los golpes de Estado y las dictaduras.
Los hermanos Sigal continuaron militando en el PC algunos años más hasta que eventualmente se fueron alejando de aquellos días de pintadas, comités y nombres falsos. Más adelante, con la caída del muro de Berlín en 1989 como anuncio del final de la Unión Soviética, el comunismo argentino fue perdiendo popularidad y en consecuencia, adeptos. Así fue cómo mi papá y mis tíos fueron abandonando el partido y, además, formando cada uno su propia familia. Sus días de militancia quedarían para siempre en el recuerdo familiar y en más de un libro sobre comunismo argentino.
En cuanto a mi viejo, con sólo 20 años se casó con Graciela, su novia del secundario, a pesar de que mi abuela no estuviese convencida de que su hijo se case siendo tan joven. El tiempo le dio la razón, y ese tiempo fueron sólo dos años, porque antes de su segundo aniversario Hugo se separó y un par de meses más tarde la conoció a Lita, mi mamá. Menos mal que mi viejo se avivó a tiempo y así pudo conocer al verdadero amor de su vida. Tiempo después, se casaron vía Paraguay ya que el divorcio no existía, pero esto ya es historia conocida si prestaron atención a la primera parte de esta historia.
Llegando a las últimas páginas del diario de Manuela, ella hace un breve resumen de los años ‘70 y ‘80, en donde fue abuela de seis nietos: dos de cada uno de sus hijos:
“Jorge terminó su bachillerato e inició la facultad, para mí una nueva esperanza. Poco tiempo después Mabel y Eduardo se casaron, y al año nació Paola. Se cumplía el sueño de ser abuela. Hugo terminó la primaria y por suerte sin sobresaltos la secundaria. La familia fue agrandándose. Nació Mariano, vivíamos a pocas cuadras y recuerdo cuando lo llevaba al jardín de infantes. Y así pasaron los años. Se casaron, Jorge con Laura y Hugo con Ángela. Yo seguí con mis tareas, pero más tranquila. Formaron sus familias y fue algo así como que una gran pesadilla que me atormentaba fue desapareciendo. Ya no me sentí indispensable, quizás nunca lo fui, pero creo que como madre lo pensaba. Pasó el tiempo, nació Sebastián, años después Nicolás, Pablo y luego Daniela. Y hoy ya son todos grandecitos, con responsabilidades de sus edades.”
Muchos años más tarde, mi abuela tuvo una séptima y última nieta cuando Eduardo volvió a casarse, ahora con Fabiola, y tuvieron a mi adorada prima Morena.
Manuela Plotkin fue una gran madre y una abuela excepcional, que siempre estaba bien predispuesta para lo que su familia necesite y, por eso, disfrutaba recibiéndonos todos los domingos. Esta tradición familiar fue cumplida religiosamente por sus tres hijos, quienes iban cada domingo a almorzar con ella. Una anécdota que mi vieja siempre cuenta es que, al poco tiempo de ponerse de novios, mi papá la invitó uno de esos domingos para conocer a Manuela. Ante la insistencia de Hugo, y luego de asegurarle que iba a ser solamente un almuerzo tranquilo como cualquier otro, Lita accedió. Pero resulta que cuando llegaron habían más de 12 personas amontonadas en ese pequeño living de 15 m2 que miraban con incredulidad a la flamante novia del recién separado hijo menor.
Luego de vivir varios años en aquel departamentito en Once, mi abuela se mudó a otro de mayor categoría sobre la Av. Santa Fe al 4016, en el décimo A. Este departamento quedaba en frente del Jardín Botánico, en el refinado barrio de Palermo, donde viviría el resto de su vida.
A medida que se fue ampliando la familia fuimos siendo cada vez más comensales y aquellas reuniones terminaron siendo multitudinarias. Mi abuela fue anexando a la mesa principal nuevas mesitas desplegables, hasta que el living comedor se transformó en un gran comedor donde nos deleitaba con sus deliciosas comidas. Hoy suena increíble, pero en aquellos años todos fumaban adentro de ese departamento, que después de cada panzada se convertía en una humareda tremenda.
Manuela era una gran anfitriona y excelente cocinera. Se pasaba varios días previos al encuentro cocinando de todo para agasajarnos en la juntada del domingo. El menú de los domingos incluía: entrada, plato principal, postre y por su puesto algo dulce para el cafecito. Sus caballitos de batalla eran: carne al horno, pollo a la mostaza, pastel de papas, cordero al horno, budín de batata y panceta y guiso de lentejas. Del recetario judío hacía unos increíbles knishes de papa o de ricota, varenikes (que son como unos ravioles de ricota) y sopa con mondalaj (que es un caldo con bolitas de masa frita); de postre, Leikaj (que es una torta de miel). Otros clásicos dulces que solía hacer eran las tortitas de azúcar negra, el postre de batatas con nueces y merengue italiano, panqueques, bombones caseros y su postre de frutas con vainillas y helado que era una delicia. Como ya les conté, no había receta que no llevara kilos de manteca, por lo que sus platos eran tan ricos como nocivos para las arterias. Además, para todo lo salado solía girar por la mesa una jarra con crema y para lo dulce una con chocolate caliente. Imagínense cómo quedábamos después de todo eso, volvíamos anestesiados a nuestras casas .
Algo característico de mi abuela era que hablaba con la “eshe”, por sus orígenes “entreshianos” en General Campos; y a sus nietos siempre nos llamaba “pichones”. Le gustaba tejer y era muy buena haciéndolo: hacía pulóveres y telares para toda la familia. La verdad es que Manuela fue una persona muy querida por todo aquel que la haya conocido.
…
Los años siguieron pasando y así vamos llegando al final de mi relato, o en realidad, al principio, porque fue en Julio de 1994 -exactamente 10 días antes del atentado a la AMIA- que mi abuela volvió a escribir el diario con la historia de su vida, que tiempo atrás había destruido. De no haber sido porque una tormenta la desveló aquella noche, probablemente no tendríamos este relato escrito de primera mano.
Así empezaba empieza la primera página de su diario:
“Después de una larga noche de insomnio como tantas otras y sin saber el porqué, algo me impulsó a este cuaderno que seguramente me ayudará a resumir algunas vivencias, y a recordar aquel viejo cuaderno que cuando inicié el secundario, y en las largas horas pasadas en la habitación de una pensión -algo nada fácil a esa edad-, escribía sin perder un día. Después de muchos años de recuerdos allí dejados, con el único que solíamos leerlo, compartir, a veces reír y otras llorar fue con José. Por eso será que al perderlo, un impulso hizo que un día tan triste como muchos otros, con mucha pena, lo rompiera hoja por hoja. Fue así que pensé que borraría algunos, o mejor dicho, muchos recuerdos, pero sólo fue un engaño. Hay pensamientos, recuerdos, alegrías y dolores que jamás me abandonarán. Por eso, en esta noche de tormenta y en horas de la madrugada decido volver a recordar algunos momentos, quizás los que más me marcaron en aquellos años.”
Algo que mi abuela omitió en esta página es que ésta no fue una noche cualquiera. Este cuaderno tenía una fecha a la que yo no le había prestado demasiada atención: 8 de Julio de 1994. Recién ahora descubro que era el cumpleaños de mi abuelo José, por lo que imagino que su desvelo no fue casual. Si bien ninguno de nosotros sabía de la existencia de este cuaderno donde resumió sus vivencias, tiempo después de que ella falleciera lo encontramos, y, para mí, es un tesoro invaluable. Seguramente su relato haya cambiado con respecto al original, porque los años nos hacen ver todo de una manera distinta y lógicamente muchas partes de este escrito estaban impregnadas por la nostalgia. A pesar de esto, al leerlo pude notar que mi abuela tuvo una vida fascinante y sentí que valía la pena ser contada. Además, creo que por algo escribió este diario. Pienso que de alguna manera ella quería que su historia quede inmortalizada. Por eso elijo contarla.
Durante sus últimos años de vida mi abuela sufrió alzhéimer y esta enfermedad hizo que su memoria fuera borrándose lentamente. Algo curioso del alzhéimer es que la pérdida de memoria sucede de manera regresiva, es decir, de adelante hacia atrás. Por eso poco a poco, llegó a olvidarse, incluso, de la trágica pérdida de su amado José y pudo finalmente encontrar la paz que buscaba recordando únicamente sus años felices.
Manuela Plotkin de Sigal falleció un 28 de Mayo del año 2012, a sus 87 años de edad, y al día de hoy sigue estando muy presente en nuestra familia. A principios de este año 2020, nos juntamos en Villa Urquiza todos sus descendientes: sus tres hijos, siete nietos y seis bisnietos para recordarla. Fue una noche especial, en la que cada uno llevó su comida favorita de Manuela, siempre respetando sus recetas porque mi abuela también se tomó el trabajo de escribirlas para la posteridad, y gracias a eso forman parte de este extenso archivo familiar que nos fue legado. La recordamos, nos reímos y disfrutamos de sus comidas una vez más.
…
Así termina “Insalata Rusa, la historia de mi familia”; un repaso sobre la variada mezcla de orígenes que conforman mi ADN, desde aquellos tanos fascistas de Villa Bonich hasta los rusos comunistas de San Juan, pasando por un pueblito rural de Entre Ríos. Recuerden que en nuestra página web insalatarusa.blogspot.com pueden leer el texto, ver fotos e incluso videos porque sumamos la sección “La videoteca de José”.
Antes de agradecer a todos los que me ayudaron, tengo que mencionar especialmente a mi querido amigo/cuñado Facundo Nicolás Brito, quien fue el encargado de lograr el increíble trabajo de edición de sonido que han escuchado. Lo encuentran en Instagram como generacionarroba, y a mí como nicosigal10. Otra mención fundamental es para mi amada Paula, que, además de ayudarme con el texto, personificó a mi abuela Manuela en los pasajes de su diario. Además, la voz de José en el capítulo 4 fue grabada por mi primo, Pablo Sigal, a quien también le agradezco un montón.
Respecto a toda la información recopilada, debo agradecer a mi padre Hugo Sigal, por supuesto, y a mis tíos Eduardo y Jorge Sigal, cuya prodigiosa memoria fue de vital importancia para lograr el nivel de detalle que esta historia ameritaba. Le agradezco también a toda la familia por el apoyo y la ayuda que me dio cada uno desde su lugar. Y por último, debo hacer una mención especial para Thedy Slavkin y las queridas Barg: Liliana, Silvia y Alicia, quienes aportaron un montón de información fundamental para este relato familiar.
“Insalata Rusa” está dedicado a las nuevas generaciones de mi familia. Con él espero haber contribuido a que nuestro pasado no se pierda, porque creo que es importante saber de dónde venimos para entender mejor hacia dónde queremos ir. Por lo tanto, esta historia va dedicada a Francesco, Morena, Matilda, Federica, Momo, Rosita, Bruna, Astor, a mi hijo, Manuel, y a todos los que estén por venir.






Me encanto!!! Me hiciste reír y emocionar mucho, que familia...sos un genio , la forma que lo contás me hace vivir cada capítulo. Gracias Victoria
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