Los Sigal - Capítulo 5
“Un comunista en Recoleta”
Para mediados de los años ´60, cuando José y Manuela rondaban los 40 años, habían logrado el ansiado éxito laboral, y a su vez, habían formado una bella familia. Todo esto era posible gracias al compañerismo y al amor que se tenían; creo que sin estas dos cualidades hubiera sido insostenible. Imaginense que compartian la vida familiar y también la vida laboral, porque trabajaban juntos en la clínica de Banfield, donde Manuela se desenvolvía como odontóloga y José como médico clínico. Él, además, trabajaba en el Hospital Rawson como cirujano. Todo ésto sumado a la difícil tarea además de criar a estos tres hijos varones que aparentemente eran bastante inquietos.
A pesar de ser una pareja progresista la encargada de las tareas del hogar era siempre mi abuela, porque la cultura patriarcal estaba muy arraigada para todos por igual en aquel entonces y ellos no eran la excepción. Un simple ejemplo: Si bien ambos eran médicos, inexplicablemente para la sociedad él era “El Doctor” y ella, “La Esposa del Doctor”.
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Mi abuelo José era un tipo prolijo: usaba el pelo corto, pero me contaron que aún así luchaba con el peine para controlar los rebeldes rulos de su cabellera negra. Tenía el mentón siempre bien afeitado y lucía el clásico bigote de su época. De joven era flaco pero ya con 40 años llevaba encima unos cuantos kilos de más en su prominente barriga. Por su parte, mi abuela Manuela era bastante coqueta: se vestía bien y le gustaba la ropa de calidad; además combinaba siempre su vestimenta con la bijouterie que usaba. También era bastante “obse” con su cocina, donde nunca le faltaba nada y tenía todo súper organizado.
Ninguno de los dos fumaba ni tomaba; de hecho, José odiaba el cigarrillo (había sido la causa de la muerte de su hermano Pocho), pero sí tenían una costumbre poco sana: comían bastante y con muchas calorías. Todas las recetas de mi abuela llevaban un pan de manteca entero como para arrancar a hablar nomás, y eso explicaría la panza de mi abuelo. En el living de la casa tenían un combinado Marconi hecho especialmente a medida para el Dr. Sigal, en donde por lo general se escuchaba música clásica. Sus favoritos: el siempre bien ponderado ruso Tchaikovski, las cuatro estaciones de Vivaldi y el famoso Beethoven. También sonaba algo de tango y de folclore, además de la música bolche de la época, claro: una jovencita Mercedes Sosa que recién arrancaba, la chilena Violeta Parra y el famoso cubano, Carlos Puebla, entre otros. Además, a mis abuelos les gustaba mucho leer y, por eso, en su biblioteca, aparte de literatura, abundaban los libros de medicina y de marxismo-leninismo.
El pensamiento socialista fue cobrando relevancia en la vida familiar por aquellos años y el Partido Comunista se convirtió en el lugar de pertenencia de la familia Sigal. Gran parte de su núcleo social estaba compuesto por gente del Partido. La militancia se vivía de una manera distinta a como la conocemos ahora, era más bien un estilo de vida. De hecho, no sólo sus amigos y colegas eran del Partido: si necesitabas un cerrajero venía el del Partido, mandabas a tus hijos al pediatra del Partido, si tenías un problema legal recurrías al abogado de confianza del Partido, etcétera. Era como una especie de cofradía, que encima tenía un tono místico y secreto; un ejemplo de esto es que los Sigal escondían sus carnés del partido guardándolos adentro de las tapas de luz de la casa.
Esta fabulosa mezcla de aventura clandestina y afecto fraternal entre camaradas, como se imaginarán, era un estilo de vida muy atractivo para sus hijos. Influyó mucho en la crianza y formación de Eduardo, Jorge y Huguito. Los tres disfrutaban que todos los jueves su padre les leyera el semanario “NP: Nuestra Palabra”, la revista del Partido. El ídolo máximo de los chicos era el italiano Victorio Codovila quien, en 1918, había sido el fundador del Partido Comunista Argentino y al cual José había tenido la suerte de conocer personalmente. Sus tres hijos se afiliaron desde muy pequeños y militaron desde la adolescencia en el PC Argentino, o incluso antes, llegando a tener, años más tarde, cargos importantes dentro del mismo.
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Mi abuelo era un tipo solidario y de valores humanos muy profundos. Por eso, más allá de su ideología política, se llevaba bien con todo el mundo, incluso con quienes tenían posturas totalmente antagónicas a las suyas. Por ejemplo, en Turdera eran vecinos del brigadier Miguel Moragues, un milico que luego llegó a ser Gobernador de Buenos Aires en la dictadura autodenominada “Revolución Argentina”, con Lanusse a la cabeza. Y cuentan que mi abuelo, a pesar de ser abiertamente comunista, se llevaba muy bien con su vecino, de hecho, eran bastante amigotes.
Mi abuela Manuela, por su parte, además de militar en el PC, integraba la UMA: “Unión de Mujeres Argentinas”. Era una ONG que luchaba por los derechos de las mujeres; se podría decir que fue una de las primeras organizaciones feministas de nuestro país. Mucho tiempo después, cuando desclasificaron los archivos secretos de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, descubrimos que en algunos de ellos aparecía el nombre de mi abuela por su participación política y la de su marido. Quizás haya sido el botón de Moragues, que se la daba de vecino amistoso, pero son solamente conjeturas mías.
Una pintoresca anécdota que refleja cómo la sociedad y la autoridad juzgaban a los comunistas es la del día que mataron a Kennedy. Fue exactamente un viernes 22 de Noviembre del año 1963. Sucedió el famoso asesinato del presidente de los EE.UU. y de casualidad los Sigal estaban en la casa de los Sirkin, una familia amiga, festejando el cumpleaños de su hijo. Al parecer algún vecino un poco intolerante los denunció diciendo que estaban festejando la muerte de Kennedy y ese fue el pretexto perfecto para que la policía cayera al lugar y arrestara a ambas familias. Así que todas las personas que estaban en el cumpleaños terminaron pasando la noche en cana.
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Durante el año 1964 mis abuelos transitaban un marcado ascenso económico y decidieron mudarse a un lujoso departamento en Barrio Norte, una de las zonas más caras de la Ciudad de Buenos Aires. Era totalmente inusual que una familia progre se mudara a un lugar tan conservador, pero a pesar de los prejuicios esta pareja de médicos estaba decidida a llevarse el mundo por delante. José le contaba a todos sus vecinos que era comunista sin ningún pudor a pesar de que estuviese “mal visto”. Con el carisma que lo caracterizaba como único pero eficaz recurso, terminó incluso siendo el presidente del consorcio de aquel refinado edificio de la calle Posadas 1567. Un comunista en Recoleta.
Esta casa era tan grande y ellos trabajaban tanto tiempo que decidieron contratar a una simpática empleada doméstica sanjuanina, llamada Valentina, quien en seguida se ganó un lugar en el corazón de todos y que seguiría en contacto con mis abuelos por el resto de sus vidas. Pero antes de conocer a Valentina, por aquel departamento pasaron varias empleadas con diversas experiencias fallidas, entre cómicas y dramáticas.
Una anécdota que mi abuelo siempre contaba entre risas, por ejemplo, era la del día que fue a buscar algo a la habitación de servicio. Contaba que cuando se paró sobre la cama para agarrar algo de arriba del placar se pegó un susto tremendo, porque sintió que había alguien metido adentro de la cama. ¡Imagínense el salto que dio! Cuando se reincorporó, descubrió que había un extraño durmiendo en la cama de la empleada. Parece que el tipo era un novio de ella, que se metía por las noches a escondidas, y esa mañana José lo enganchó in fraganti de pura casualidad: resulta que la familia se iba a pasar el día al parque Pereyra Iraola como acostumbraban hacer, pero mi abuelo se acordó a último momento de ir a buscar algo que estaba en aquella habitación. Él contaba con tono irónico que el tipo pidió disculpas, se peinó frente al espejo, se arregló un poco y se fue caminando como si nada hubiera pasado.
Otra empleada doméstica que también duró poco fue una mujer que se escabiaba a escondidas las botellas de alcohol que mis abuelos tenían guardadas en la barra del departamento. Claro, como ellos no tomaban nadie lo notaba, hasta que un día estando totalmente alcoholizada, la empleada protagonizó un papelón en frente de todos que le valió, por su puesto, su despido inmediato. Ninguna de ellas duró mucho tiempo, salvo la querida Valentina, que los ayudó en la crianza de mi papá y de mi tío Jorge sobre todo, porque Eduardo ya era un poco más grande e independiente.
El Dr. Sigal era muy madrugador, decía que los laburantes se levantaban temprano y él se consideraba como tal. Además de madrugador, era enérgico. Cuentan que todas las mañanas hinchaba las bolas desde el amanecer, y todos los días inventaba una nueva actividad para que hagan sus hijos: pasaron por todos los deportes, desde boxeo y tenis, hasta softball. También los mandó a estudiar varios idiomas y a clases de guitarra. Aunque ninguno se enganchaba demasiado con nada, él nunca bajaba los brazos porque era un voluntarioso incorregible.
A pesar de ser un padre afectuoso y simpático, si se enojaba podía ser muy severo con sus castigos. Para que se den una idea, un día volviendo de la escuela, Jorge iba escupiendo semillas de mandarina por la ventana y José le advirtió que dejara de hacerlo. A la cuarta vez que lo hizo de nuevo paró el auto y le dijo “bajate”, y lo dejó ahí nomás en el medio de la nada.
Por aquellos años solían hacer viajes familiares en auto a lugares como Necochea o la Patagonia, muchas veces acompañados por otras familias amigas porque mis abuelos tenían una vida social muy activa. A José le encantaba agarrar la ruta con su flamante Cross Country para ir a pasar unos días en carpa a cualquier lado. Una de aquellas memorables aventuras de campamento fue un viaje al sur que hicieron con tres familias más. Se autodenominaron “Las 4S”, porque sus apellidos eran Sirkin, Santich, Slavkin y Sigal, más ruso imposible. Y hasta tenían su propia bandera y todo.
Sus hijos disfrutaban mucho estos viajes y siempre tenían algun amigo para jugar. Por aquellos tiempos, los tres se hicieron de River, aunque nunca fueron una familia muy futbolera. Por supuesto, yo siempre supuse que mi abuelo José era gallina, pero sorpresivamente me enteré hace poco que era bostero. Y como soy de Boca, esta pequeña revelación a mí me puso muy feliz.
Hace poco en realidad, me enteré de la mayoría de las cosas que les conté a lo largo de esta historia acerca de mi abuelo porque lamentablemente no tuve la suerte de conocerlo. Como habrán notado, fui narrando su vida con un enfoque bastante benevolente, quizás idealizado, y esto se debe a que, además de ser una persona muy querida por todos, su imagen quedó inmortalizada en nuestra familia como la de un superhéroe, un verdadero mártir casi sin defectos.
El 6 de Enero de 1968, José Sigal falleció con tan sólo 44 años de edad, cuando mi papá acababa de festejar su cumpleaños número siete el día anterior. Y así llegamos al gran punto de inflexión en la vida de mi abuela Manuela, del cual les hablé al principio de mi relato, y también, de la vida de toda mi familia. En aquel diario que escribió mi abuela en 1994 empezó a narrar el nefasto día del accidente, hasta que evidentemente no pudo continuar por el dolor que le causaba esta herida que jamás supo cicatrizar:
“Un médico amigo de José, dueño de una pequeña embarcación, nos invitó para el 6 de enero a una excursión. Fue un día fatal. Él nos pasaría a buscar. Antes de salir lo llamaron del sanatorio donde trabajaba como anestesista para que fuera porque habían avisado de un grave accidente y llegarían los heridos para ser atendidos. Por supuesto, se comunicó a casa y postergamos la salida para otra oportunidad. Pero pasaron un par de horas y cuando ya habíamos organizado otra salida, él nos avisa que todo se había solucionado y que pasaba por casa. Ellos eran un matrimonio y un chico, y nosotros dos con Hugo, ya que la embarcación era pequeña. Hicimos el recorrido, todo perfecto, y ya regresando ¡pobre José! Se le ocurrió que apagara el motor porque marchando en velero era más romántico y, con cargadas de un lado y del otro, su colega le obedeció y esa fue nuestra tragedia. Una brisa movió las velas y fue nuestro triste final. No sigo con esto porque, si bien lo recuerdo permanentemente, siento que me hace mucho daño.”
La primera vez que leí el diario de mi abuela, no pude evitar detenerme en el detalle fortuito de que estuvieron a punto de cancelar esa salida. Incluso ya habían hecho otros planes. Y después, otro dato que desconocía era que fue idea de mi abuelo que navegaran a vela. En fin, una serie desafortunada de eventos azarosos que terminó en una tragedia, y cuyo relato escuché una y mil veces pero jamás pude entender.
Era un lindo sábado de sol. Estaban paseando por el Delta en el bote del colega de José y disfrutando el día, como se puede ver en las fotos que sacaron y que aún conservamos. De sus tres hijos sólo había ido con ellos Huguito, mi viejo, que es el más chico. Seguramente mis tíos Jorge y Eduardo, que ya eran adolescentes, tendrían otros planes ese día. Imprudentemente, ninguno de los tripulantes de aquel bote tenía puesto el chaleco salvavidas. Hacia el final del paseo, cuando estaban volviendo al puerto a amarrar el barco, un viento fuerte movió la botavara que empujó al pequeño Hugo al agua. Inmediatamente, y ante el grito desesperado de Manuela, José saltó sin dudarlo a socorrer a su hijo. Mi abuela los perdió de vista y así pasaron algunos minutos que deben haber parecido horas. Otra embarcación que pasaba cerca intentó socorrerlos. Como mi abuelo era un buen nadador logró atrapar a su hijo, y, tras un esfuerzo monumental, logró salvarle la vida. Mi viejo recuerda haber sentido un impulso de su papá que desde el agua lo levantó hacia los brazos de estos desconocidos que se acercaron desde el otro barco. Pero mi abuelo nunca salió a la superficie. Nadie más lo vio. Se lo había tragado el río para siempre.
Repasando la historia una vez más, la única explicación que encuentro es que mi abuelo pudo haber sufrido un infarto mientras lograba sacar a mi papá de aquel río correntoso, con su último aliento de vida; pero nunca lo vamos a saber. Unos días después del accidente encontraron su cuerpo ya sin vida, muchos kilómetros más adelante del lugar en donde todo había ocurrido.
Así fue como, debido a su particular manera de ser y a su temprana despedida, José Sigal quedó para siempre idealizado en la memoria de todos. Y para mí siempre va a ser el superhéroe que salvó a mi papá. Como él sólo tenía 7 años recién cumplidos, los recuerdos que tiene de su padre son escasos y por eso nunca supe mucho acerca de mi abuelo. José siempre fue un enigma para mí.
Sin embargo, gracias a un libro que escribió mi tío Jorge, titulado “El día que maté a mi padre”, cuyo título obviamente es metafórico, me enteré de muchas cosas que no tenía idea y que despertaron en mí la curiosidad de saber más sobre la historia familiar. Además, mi tío también me acercó una nota periodística de aquella fecha, del diario zonal “El Pregón”, que se titula “HA MUERTO TRÁGICAMENTE UN CONOCIDO MÉDICO DE LA ZONA” y que me resultó impactante. De aquel libro de Jorge saqué muchas de las cosas que les conté. Y en él leí además que mi abuelo solía repetir una frase de Julius Fucik, un comunista checo capturado por la Gestapo nazi que en su lecho de muerte escribió esta frase que repetía mi abuelo:“He vivido por la alegría, por la alegría he ido al combate y por la alegría muero. Que la tristeza nunca sea unida a mi nombre.”
Así elijo recordarlo, con ese ferviente optimismo que lo caracterizaba y que siento como un legado. Por eso creo que su fallecimiento puede ser visto desde otra perspectiva menos triste, y más positiva. Porque su muerte también implicó que se salvara la vida de mi papá y, por lo tanto, la de todos sus descendientes. De hecho, si lo pienso bien, a él le debo mi existencia y le voy a estar eternamente agradecido.








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