Los Sigal - Capítulo 4

 

“De Turdera a la Unión Soviética”


Al final del capítulo anterior les conté sobre la segunda despedida que tuvieron que afrontar mi abuelo José y su queridísimo hermano Pocho. Sin embargo, no todo fue tristeza, porque cada uno armó su vida familiar en cada provincia y se mantuvieron siempre en contacto a pesar de las distancias. Tanto mi abuelo en Buenos Aires como su hermano menor en San Juan consolidaron un hogar y una familia feliz.

Según me contaron, Pocho y su esposa Bertita no podían tener hijos. Y lamentablemente, en aquella época era deshonroso para una mujer no poder procrear. Es por esto que decidieron adoptar a un pequeño bebé al que llamaron Héctor. Para preservar las apariencias le mintieron a todo el mundo diciendo que Héctor era su hijo biológico. Esta práctica suena de telenovela, pero era bastante habitual en la época de nuestros abuelos. Sólo la familia más íntima sabía que el niño era adoptado; la pareja mantuvo esto en secreto durante casi toda su vida, incluso a su propio hijo, a pesar de que dicen que era evidente, porque no se parecía físicamente en nada a sus padres adoptivos. Bertita recién le contó la verdad a su hijo cuando éste tenía unos 50 años aproximadamente.

Por su parte, mi abuelos también empezaban una nueva etapa en sus vidas. Llegaron a Buenos Aires allá por el año 1953 y se instalaron en Castelar, Zona Oeste de la provincia de Buenos Aires. Pero no durarían mucho tiempo en esta creciente zona del conurbano.

José y Manuela se habían asociado con un médico que les había proporcionado un porcentaje de los ingresos de la clínica y una casa para vivir. Al principio, el panorama parecía alentador. Sin embargo, al poco tiempo de empezar a trabajar en esta clínica ya notaron que el dinero que cobraban no cerraba por ningún lado. Algo raro pasaba.

El primer mes, que fue de mucho trabajo, económicamente no nos había convencido. El segundo, igual. En el tercero, y ya con nuestras dudas, José a mitad de mes pidió el libro de entradas y salidas, cosa que anteriormente sólo lo hacía al finalizar el mes. La secretaria, sorprendida, trató de ocultarlo, pero ante la insistencia se lo dio y ahí pudimos aclarar nuestras dudas: cada tres o cuatro renglones había uno en blanco. Era en los gastos en donde el atorrante a fin de mes completaba con más gastos. Recuerdo que José con aparente tranquilidad tomó una lapicera y cubrió todos los espacios. Al día siguiente nos presentamos a trabajar como siempre, pero encarándolo de entrada y José le planteó que ahí se terminaba nuestra sociedad. El tránsfuga buscó mil excusas pero hasta la cuñada se le puso en contra. Todo fue espantoso, yo lamentaba por Lolo a quien le comunicamos lo ocurrido. El atorrante no nos permitía sacar nuestros consultorios, fue tan espantoso, fue una experiencia no deseable para nadie. A mí me quitó el sueño. Recuerdo que una noche yo estaba angustiada y José dormía plácidamente. No lo podía entender. Lo desperté y le pregunté cómo podía dormir, a lo que me contestó -Este tipo nos quitó todo, ¿querés que también me quite el sueño?-’’

Mi abuelo José era un optimista incansable y obviamente este traspié inicial en el conurbano bonaerense no lo iba a hacer trastabillar. Habiendo roto totalmente la sociedad con este garca de Castelar se quedaron sin trabajo y sin casa. Pero nuevamente tuvieron la ayuda de un familiar: esta vez fue el turno de Manuel Sigal, otro de los hermanos de mi abuelo, quien los ayudó contactándolos con unos amigos de Zona Sur que les consiguieron casa y trabajo. Manuel vivía en Buenos Aires desde hacía ya un tiempo junto a su esposa Malú y sus hijos, donde trabajaba para la cervecería Bieckert.

Así fue como mis abuelos se instalaron en la localidad de Turdera, esta vez al sur del conurbano, y a partir de ahí fue todo en ascenso. Los años siguientes pasaron grandes momentos de felicidad y ambos fueron progresando profesionalmente. Además, sus hijos Eduardo y Jorge, se adaptaron bárbaro y formaron barras de amigos con los que jugaban a toda hora. Se puede decir que disfrutaron de una buena infancia con la plena libertad de un barrio tranquilo. Me contaron que una vez encontraron a Eduardito en la estación de Turdera, lustrándole los zapatos a la gente para ganarse unos pesos y parece que juntó una pequeña fortuna hasta que lo engancharon sus padres y lo castigaron. Para ellos, claro, era una vergüenza que el hijo de “El Doctor del Barrio” estuviese lustrando las botas de sus vecinos.

La familia Sigal primero vivió en una casa alquilada en San José 257, donde mis abuelos además tenían sus consultorios médicos. Un par de años después lograron comprar una casa propia, en el mismo barrio pero de una categoría muy superior a la que tenían. Quedaba sobre la calle San Lorenzo al 804, a una cuadra de la estación de tren. Sus carreras iban en ascenso y pudieron dar su primer gran salto comprando este moderno caserón que pertenecía a una familia europea, y que tenía muchas habitaciones y una terraza enorme.

¿Se acuerdan que les conté que mi abuelo era bastante ansioso? Bueno, en el diario de mi abuela ella cuenta que, justo el día que él decidió señar esta casa, ella tenía apendicitis. Y él, de tan entusiasmado que estaba, antes de llevarla al hospital, la llevó a conocer la casa que quería señar. ¡Pobre mi abuela! Cuenta en el diario que no daba más del dolor pero así y todo se bancó mirar la casa rápidamente para dar su “aprobación” y de ahí ir derecho al quirófano. Cuando les digo que ella lo bancaba en todo, no exagero; y que él era un tremendo ansioso, tampoco.

Además de tener su propio consultorio, desde que llegó a Buenos Aires José Sigal trabajó ad honorem en el hospital Rawson, especializándose en cirugía con el Dr. Finocchietto, un prestigioso cirujano local. Allí, mi abuelo se convertiría en un cirujano de renombre y a pesar de que la propuesta inicial era trabajar un tiempito ad honorem hasta que le saliera el cargo, parece que al final trabajó gratis durante 20 años en ese hospital; pero él no lo hacía por la plata, amaba su oficio. Hace poco me enteré incluso que durante un corto período se dedicó a la ginecología.

Un tiempo después, a comienzos de la década del ´60, se agrandó la familia por tercera y última vez. El 5 de enero de 1961 nació en una clínica de Lomas de Zamora Hugo Sigal, mi papá. Mi abuela Manuela relata en su diario que José le mandó un telegrama a Pocho que decía “Otro varón. Cerramos fábrica.” Probablemente en esa época te enterabas el sexo ahí en el momento. Y no había celu para contarle a nadie la noticia. Así que a mi abuelo le tocó nuevamente dar la noticia a través de un telegrama a su hermano que estaba a kilómetros de distancia.

El famoso Pocho, como ya saben, era el adorado hermano menor de mi abuelo. Cuentan que eran dos gordos muy simpáticos. Ambos compartían la ironía, el humor ácido, la joda constante, además de sus ideas revolucionarias. En el caso de Pocho, parece que era un militante con participación activa en el movimiento comunista de San Juan; en cambio, la militancia de mi abuelo José pasaba más bien por su actividad como médico: atendía en su consultorio a muchas figuras importantes del Comité Central del Partido Comunista acá en Buenos Aires. Además, profesaba su ideología con el ejemplo. Tenía una profunda cosmovisión comunista, que, según cuentan, era su estricta brújula moral en todo momento.

En el año 1962 mi abuelo se fue un mes entero a un congreso de medicina en la Unión Soviética. Así, se juntaban sus dos pasiones: la Medicina y el Comunismo. Ambas unidas en una excusa perfecta para poder viajar y conocer las maravillas de la Patria de los Trabajadores. A pesar de que tenían tres hijos y de que Huguito sólo tenía un año, mi abuela Manuela accedió como siempre y se bancó su ausencia como una campeona. Pero el amor de esta pareja no sabía de distancias, y por eso en nuestra familia todavía guardamos las cartas que le escribió José a Manuela en su recorrido por la Unión Soviética, con una simpática combinación de anécdotas de viaje y algunos apuntes de medicina.

Por lo que cuenta en estas cartas, el mundo soviético lo fascinó. Ni bien llegó a Moscú escribió lo siguiente:

21 de Julio, 23 hs. Moscú. No puedo acostarme a pesar del cansancio que tengo, porque tengo que contarles. Es algo indescriptible. Si hemos luchado, vale la pena. Esto es el socialismo, esto es lo que yo quiero, lo que nuestro país necesita.”

Para él todo era perfecto. Estaba encantado de ver a gente común, de clase trabajadora, en lugares culturales como los museos que conoció que, por supuesto, eran gratuitos y abiertos a todo tipo de público:

En el museo hay gente de pueblo en cantidades asombrosas que no se puede ni caminar, todos ven obras con sus hijos y les explican los cuadros.”

En todas las cartas mi abuelo resalta la imponencia rusa y describe muy excitado todo lo que va conociendo, como por ejemplo en ésta:

(...)Estuvimos en la exposición de instrumentos, ¡es increíble lo que ha hecho esta gente en tan poco tiempo! Había máquinas que me parecen, en la terminación, lo más perfecto que se haya hecho hasta el presente.”

La universidad es más grande, más imponente y más más de lo que nuestra imaginación pueda calcular...”

En esta otra carta describe, sorprendido, el nivel socieconómico de los soviéticos:

Me fui a caminar por el centro de Moscú, toda la gente comprando, se ve que tienen un gran poder adquisitivo. Las cosas tienen precios desconcertantes.”

Algo que jamás falta en cada carta suya es la descripción de lo que fue morfando en cada lugar, porque si algo le gustaba a mi abuelo era comer. Esta es tremenda:

Hoy tuve una anécdota graciosa. Resulta que fui a almorzar y le pregunté del menú si había tales o cuales platos y la camarera me parecía que decía que no, y al final me trajo todos los platos que yo le había indicado con el dedo. Por supuesto que los comí todos.”


Como mi abuelo era un tipo muy sociable en seguida se hizo amigos de todas partes del mundo y con algunos de ellos pudo conocer un poco de París y de Roma. Además, como el congreso fue en Moscú, de paso, recorrió Odessa para conocer la tierra natal de sus padres. En París, por ejemplo, escribió:

Tengo que averiguar cuánto gana un obrero acá pues los precios son exorbitantes. Pienso que tiene que haber también un barrio tipo Once, pero ¿cómo se averigua?”

Por último, me llamó la atención una frase que le escribe en francés a mi abuela para despedirse en esta carta:

J’iré a la lit et mon pensée est pour vous qu’avais mon coeur.

Au revoir, José.”

Que significa: “Me voy a la cama y mi pensamiento es para vos que tenés mi corazón. Nos vemos, José”. Un romántico nato. Hace poco me enteré de que él solía estudiar francés tomando lecciones con unos discos de pasta que tenía en la casa. Y lo practicaba cuando veía a su hermano Manuel y a su esposa francesa, Malú.

En ese mismo año del viaje a Rusia, durante 1962, mi abuelo se asoció con el Dr. Di Benedetto y juntos armaron su propia clínica en Banfield. Con tan sólo 40 años de edad, el emprendedor y siempre entusiasta Dr. Sigal supo tener una clínica bastante grande en una imponente casa estilo inglesa sobre las calles Monteagudo y Pavón. De su viaje por la Unión Soviética mi abuelo trajo una técnica revolucionaria que servía para tratar varias aflicciones y que desarrolló en su clínica con mucho éxito.

Esta técnica se basaba en los estudios de la doctora rumana Ana Aslan, una gerontóloga que fue muy famosa en los años ´50 porque decía tener la fórmula de la juventud eterna gracias a una droga llamada procaína que fue furor en ese momento. Luego, mucho tiempo después, esta droga fue prohibida en varios países, y aún, al día de hoy, se sigue discutiendo su uso. Mi abuelo, en base a lo que aprendió en aquel congreso de medicina, fabricó especialmente y patentó una enorme jeringa de acero inoxidable para poder inyectar una mezcla que formuló a base de placenta humana que recogía de los hospitales de la zona. Una locura total. Supuestamente esta fórmula servía para regenerar células humanas, evitaba el envejecimiento y hasta curaba alergias o afecciones crónicas como el asma, entre otras cosas. Y como mi papá es asmático, mi abuelo lo sometió a este tortuoso tratamiento todos los sábados de su infancia. Dicen además que tenía la agenda completa con citas programadas incluso para muchos meses adelante, porque todo el mundo quería ir a probar ese novedoso tratamiento que aparentemente tenía muy buenos resultados.

En esta clínica de Banfield estaba el consultorio de José, el de Manuela y el de varios médicos más que se fueron sumando de a poco hasta llegar a ser 22 doctores en total. La secretaria era la hermana de mi abuela, Eva Plotkin, que siempre fue muy cercana a mis abuelos. Muchos de los médicos que allí atendían eran colegas del Partido Comunista.

Además del viaje a Rusia y la inauguración de la clínica, a finales de aquel año ocurrió otro hecho importante: falleció mi bisabuela Luisa Levinton, que hoy descansa junto a su marido Nicolás Sigal en el cementerio de La Tablada. Luisa vivía con mis abuelos en Turdera, y ahí la velaron, en el living de la casa de la calle San Lorenzo. Aquella vez, Pocho Sigal se vino desde San Juan al velorio de su madre a pesar de tener pedido de captura. En aquellos tiempos, no estaba muy bien visto ser comunista, y si militabas tenías todos los números para caer preso. Por eso, a Pocho siempre lo andaba buscando la cana y vivía zafando de todo escondiéndose en casas de amigos o familiares. El loco se animó a venir de incógnito a Buenos Aires en su auto Unión, con una bolsa de arpillera que tapaba la patente. Incluso toda la familia montó un operativo previamente diseñado para que su estadía pasara desapercibida por la policía.


La biografía de Marcos Pocho Sigal es de suma importancia en esta historia, no sólo por la afinidad que tenía con mi abuelo, sino además porque su muerte fue el primer aviso para nuestra familia de que la vida no era tan perfecta como aparentaba ser. Su fallecimiento fue en el año 1964, a causa de un paro cardíaco que sufrió mientras subía las escaleras de su casa. Confieso que la primera vez que vi una foto del tío Pocho pensé que tenía unos 50 años, como mínimo, pero el tipo murió a los 36. La verdad es que a simple vista parecía ser viejo; no sólo por la alopecia incipiente en su cabeza, sino que también, intuyo, por el estilo de vida que llevaba. Se fumaba cuatro atados de Chesterfield sin filtro por día y comía una bestialidad. En mi familia siempre se cuenta que José y Pocho competían por ver quién comía más empanadas de carne, y que solía ganar el gordo Pocho con un promedio de 23 empanadas; el equivalente en términos bélicos a una bomba atómica para la salud.

Como se imaginarán, la repentina muerte de Pocho a mi abuelo le pegó muy fuerte. Fue un dolor tremendo para toda la familia pero especialmente para él. Dicen que puteaba porque estaba seguro de que si él hubiera estado ahí para asistirlo lo hubiese salvado. El día del entierro se fueron todos a San Juan y parece que José armó un escándalo porque la familia de Bertita lo enterró en el cementerio israelita, con todas las costumbres judías. Los que estuvieron presentes en aquel entierro no se olvidarían jamás el discurso que dió mi abuelo:

Si mi hermano, que era comunista, un revolucionario, viera que hoy están haciendo una ceremonia religiosa frente a su lápida, estoy seguro de que sentiría la misma indignación que en este momento estoy sintiendo yo.”

Definitivamente para mi abuelo esta fue una época dura: En tan sólo un par de años habían muerto su madre y su hermano menor. Parecía que ya nada podía ser peor para la familia Sigal. Pero, lamentablemente, en poco tiempo sufrirían un último y fatal golpe del destino.


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