Los Sigal - Capítulo 1

“La familia de Manuela


Esta es la segunda parte sobre la increíble historia real de mi familia. Por parte de mi padre, Hugo Sigal, tengo sangre rusa. Este lado de la historia se centra en mis abuelos José Sigal y Manuela Plotkin.

Mi abuela, Manuela Plotkin, nació el 12 de Junio de 1924 y era entrerriana. Fue una gran persona y tuvo una vida extraordinaria. Por suerte, esta vida poco común quedó registrada en su diario antes de que padeciera alzhéimer y fuera perdiendo su memoria; me consuela pensar que esta enfermedad fue una especie de mecanismo de defensa que elaboró de manera inconsciente para tratar de olvidar los momentos tristes de su vida. Este cuaderno que mi abuela escribió llegó a mis manos gracias al resguardo de mi familia e hizo que esta historia se mantuviera viva. En realidad, este diario que escribió en 1994 es un resumen del original que  ella misma destrozó en un momento trágico de su vida, un punto de inflexión del cual se van a enterar más adelante.

Pero para contar su historia primero vamos a empezar por la de sus padres, mis bisabuelos, llamados León Plotkin y Teresa Jassik, quienes a principios del siglo XX vinieron desde Rusia hacia nuestro país. Sé que ambos eran de Ucrania, pero no tengo en claro si eran específicamente de Odessa o de Kiev. Cabe aclarar que en aquél momento, Rusia seguía siendo un imperio gobernado por zares porque todavía no había ocurrido la revolución comunista.

De la familia Plotkin sabemos que tanto mi bisabuelo León como dos de sus hermanos emigraron desde su tierra natal hacia América, pero cada uno en un barco con diferente destino: uno se fue a EEUU, otro a Brasil y León vino a la Argentina. Sinceramente desconocemos si Teresa ya vino con él o si se conocieron acá, pero sabemos que ambos llegaron en la misma corriente migratoria.

En la Argentina de aquella época había una fuerte campaña por parte del gobierno para traer inmigrantes de Europa. El plan era repartir por todo el país a estos inmigrantes agrupados en colonias según su país de origen o lenguaje. Así fue que mis bisabuelos, León y Teresa, terminaron viviendo en una colonia rusa-judía de Entre Ríos, en la localidad de General Campos, una zona rural de plantaciones de arroz cerca de Concordia.

Dicen que León Plotkin era un tipo muy serio, de aspecto duro pero solidario, y que su debilidad eran los autos, parece que le encantaban. Era panadero y anarquista. Y este detalle no es casual. Resulta que desde finales del siglo XIX el pensamiento anarquista era moneda corriente entre los inmigrantes europeos de nuestro país y sobre todo en el gremio de los panaderos. Para resumirlo de manera muy sencilla, esta corriente de pensamiento se basa en la total libertad individual por sobre cualquier tipo de autoridad, pretendiendo la desaparición del Estado y sus instituciones.

En ese siglo, el filósofo italiano, Errico Malatesta, junto a su compatriota, Ettore Mattei, habían armado en Rosario una agrupación anarquista llamada “El Miserable” que repartía la revista partidaria “La Questione Sociale”. Y luego, en 1887, fundaron el Sindicato de Panaderos. Un dato curioso es que, las facturas que comemos hoy en día llevan escondidos en sus nombres mensajes ridículamente divertidos a modo de “propaganda” anarquista, que se burla del sistema. Por eso, no es casualidad que lleven nombres como “vigilante”, en clara alusión a la policía; “bola de fraile”, “suspiro de monja” o “sacramento”, burlándose de la iglesia y también “cañoncitos”, ridiculizando las armas de los milicos.

Volviendo a mis bisabuelos, León y Teresa formaron una familia en General Campos, en donde abrieron una panadería frente de la estación de tren. Mientras él se dedicaba a ese oficio, ella se ocupaba de las tareas domésticas. Ambos hablaban en yiddish y fueron aprendiendo el castellano local de a poco. Tuvieron seis hijos, llamados: Luis, Isaak (más conocido como “Ñato”), Esther, Clara, Eva y, mi abuela, Manuela. Cuentan que en el pueblo a las cuatro hermanas les decían “las bellas Plotkins”.

 

El año 1909 fue un año especial para esta familia; por un lado, porque nació Ñato, el segundo de sus hijos, y, por otro, porque durante aquel nacimiento León Plotkin estaba preso. Hay diferentes teorías del porqué de esta detención. Sabemos que el 1° de mayo de ese año ocurrió la conocida “Semana Roja”, una histórica jornada de huelgas y manifestaciones proletarias que significó una semana entera de lucha entre sindicatos y partidos políticos contra la policía y las fuerzas militares. Esto ocurrió en el marco de una marcha organizada por el sindicato anarquista FORA en conmemoración del Día Internacional del Trabajador. Ese día la policía, comandada por el entonces coronel Ramón Falcón, disparó sin discreción sobre la multitud que marchaba por Av. de Mayo en el microcentro porteño. El brutal ataque dejó 80 heridos y 14 muertos. Luego, Ramón Falcón ordenó el cierre de los locales sindicales y arrestó a la mayor cantidad posible de anarquistas. Todo indica que ese fue el destino de mi bisabuelo, que terminó preso mientras su esposa paría a su segundo hijo varón.

También llegó a mis oídos la historia de que mi bisabuelo era amigo del reconocido anarquista Simón Radowitzky, quién, unos meses después de la “Semana Roja”, causó el atentado que acabó con la vida de Ramón Falcón. La historia de Simón es muy loca. Te la resumo así nomás: después de poner la bomba en el auto de Falcón intentó suicidarse, pero falló. Así que lo capturaron y lo mandaron a la famosa cárcel del fin del mundo, en Tierra del Fuego. Veintiún años después lo indultaron y el loco se fue a Europa a pelear en la guerra civil española. Finalmente murió a los 64 años trabajando en una fábrica de juguetes en México.

Volviendo a mis bisabuelos, ambos tenían raíces de descendencia judía, pero como León era declaradamente anarquista no creía en ningún culto, en cambio, Teresa sí practicaba la religión judía y hasta dicen que mantenía vivas algunas tradiciones religiosas en la casa de los Plotkin. De hecho, creemos que quizás fue Teresa quien le enseñó a su hija Manuela algunas de las recetas judías que mi abuela sabía hacer, pero no estamos seguros de esto, debido a que Teresa murió muy joven y mi abuela jamás la mencionaba. Lo mismo pasaba con su hermano mayor, Luis, quien murió con tan sólo 16 años y que nunca lo nombraba, aunque  supongo que mi abuela era muy chiquita cuando falleció y por eso ni siquiera lo recordaba. Parece que murió a causa de tifus: me contaron que levantó mucha fiebre mientras jugaba un partido de fútbol y se enfermó tan gravemente que al poco tiempo murió. Mi abuela no sólo nunca habló de él, para ella directamente Luis jamás existió; tan así que en su diario cuenta que eran cinco hermanos, cuando en realidad sabemos que eran seis.   

En el año 1929 sucedió la “Gran Depresión”, una tremenda crisis financiera ocasionada por la caída de la bolsa de Wall Street, que afectó a la Argentina, donde, por supuesto, la sufrimos como siempre. Cuentan que en aquella época de crisis económica mundial mi bisabuelo León repartía pan tres veces por semana a todo aquel que se acercara a su panadería con hambre. El tipo tenía una tremenda cara de culo pero parece que era bueno, o al menos, solidario. Aparentemente era una persona reservada, de pocas palabras, tirando a tímido. Cuando nació su hija Esther él la fue a anotar a un juzgado de paz en Basabilbaso, el pueblo entrerriano en donde su esposa había dado a luz. Parece que el empleado que lo atendió lo convenció de que el nombre Esther no era conveniente y que le tenía que poner un nombre más simple, como por ejemplo, Ana. Así fue que su hija Esther en realidad siempre se llamó Ana. Pero lo increíble de esta historia es que León nunca se lo contó a nadie. Y era un pueblo tan chico que se conocían entre todos, por eso, su documento de identidad nunca fue necesario. Recién cuando Esther cursaba el sexto año de la escuela primaria, le pidieron que presentara su DNI y en ese momento se enteró de su verdadero nombre.

Más allá de esta anécdota, León y Teresa habrán sido buenos padres, porque mi abuela Manuela contaba que en su infancia había sido una niña feliz, “como todo niño debe ser”, según sus propias palabras. Pero claro, su inocencia infantil terminaría al recibir su primer golpe, cuando a los once años de edad perdió a su madre. Fue en una noche muy especial del año 1935, una noche que pretendía ser festiva. La familia Plotkin había viajado en el elegante auto de León a San Salvador, un pueblo cercano, a disfrutar la función de una obra de teatro judía que había llegado al pueblo. En ella actuaba el famoso actor Jevel Katz y al parecer la obra estaba en idioma yiddish, por eso, la pequeña Manuela no entendió ni una palabra, sin embargo disfrutaba de ver a su familia feliz. Mi abuela, muchísimos años después, escribiría lo siguiente sobre ese trágico día:

“Si bien yo no entendía el idioma, jamás olvidaré la felicidad de mis viejos. Mamá reía tanto que sus claros ojos brillaban de felicidad, seguramente en ningún momento pensó que sería la última vez que reiría. Llegamos a casa y una hora después todo se derrumbaba. Esa madrugada, mamá, con 48 años, moría de un infarto. Fue espantoso, para mí inexplicable, y así cambió nuestra vida, ya nada era igual”.

Dicen que luego de la muerte de mi bisabuela Teresa, su esposo León tiró todos los objetos relacionados a la religión judía que le pertenecían a ella. Quizás fue en un ataque de bronca o quizás lo hizo para no tener esos objetos que le recordaran a la madre de sus hijos, nunca lo sabremos. Muchos años después mi abuela haría algo similar cuando murió mi abuelo, pero no nos adelantemos, ya les voy a contar esa historia.

Para la familia Plotkin la vida tuvo que continuar ahora sin Teresa. Un tiempo después, mi abuela Manuela terminó la primaria. En aquellos años habitualmente ahí se terminaban los estudios, pero mi abuela quería seguir aprendiendo, al igual que su mejor amiga, llamada Reina. Así que ambas juntaron coraje y decidieron plantearle ese deseo a sus padres para que les permitiesen ir hasta Concordia a hacer el secundario. En General Campos solo había una escuela primaria, por eso, si querían seguir estudiando no había otra opción. Por suerte, ambas familias aceptaron y ellas se convirtieron en las primeras mujeres del pueblo en irse a Concordia a hacer el secundario. No fue nada fácil la vida en ese lugar porque tenían que vivir en pensiones precarias o alquilando la habitación de alguna casa de familia y había que adaptarse a las reglas de cada lugar.

Pero ambas superaron estas adversidades y finalmente se egresaron. En seguida decidieron seguir apostando a sus sueños: querían estudiar en la Universidad de Córdoba. Manuela quería ser Odontóloga y Reina farmacéutica. Para su felicidad, otra vez recibieron el visto bueno de sus revolucionarios padres, que aceptaron la decisión de sus hijas, a pesar de ser vistos con incredulidad por el resto de los habitantes de aquel pueblo rural.

Por ese entonces mi bisabuelo, León, empezaba a sufrir de una terrible enfermedad: el párkinson. Esto hizo que mi abuela Manuela dudara entre seguir su sueño de ser profesional o quedarse con su padre enfermo, pero, finalmente fue él quien la convenció de que estudiara. Así fue que León acompañó a su hija hasta Córdoba para ayudarla con la logística, teniendo en cuenta que en aquella época viajar hasta allí significaba tomar un micro y luego cruzar un río en lancha, para finalmente tomarse otro micro más.

Respecto a ese primer viaje a Córdoba con su papá, mi abuela nos regala este entrañable pasaje en su diario:

“El drama mayor fue cuando salimos del hotel camino a la facultad a hacer los trámites. Al dirigirnos a buscar pensión, aún recuerdo la expresión de mi viejo. Su cara se transformaba a cada instante, y no era para menos: en cada pensión que nos acercamos había algún grupo de estudiantes sentados en los umbrales de las puertas o al borde de la vereda. Algunos en salida de baño, otros en short y con chinelas. En fin, yo creo que su deseo hubiese sido que volviéramos a casa pero en ningún momento me lo planteó’”.

Luego de mucho buscar, Manuela y su amiga Reina se hospedaron en una pensión que parecía tranquila y León volvió a Campos, aliviado. Pero en su diario mi abuela cuenta que, después de que su padre se fuera, se enteraron de que la pensión estaba conectada con la casa de al lado en donde había un montón de estudiantes más, cosa que probablemente León no hubiese permitido. Entre esos estudiantes vecinos había un grupo de jóvenes sanjuaninos, entre los cuales se encontraba un tal “Nuche”, quien luego sería el novio de Reina. Y se volverían un grupo de amigos inseparables.

Durante el año 1943, Manuela cursó su primer año de Facultad y para el verano de 1944 había vuelto a Entre Ríos, en donde estaba pasando sus merecidas vacaciones, cuando se enteró de un hecho crucial en esta historia. La ciudad de San Juan, donde vivían sus amigos de la facultad, había sido destruida por un trágico terremoto. El sismo fue tan devastador que al día de hoy sigue siendo el evento natural más destructivo de la historia argentina. Y, sin embargo, si no hubiese sucedido aquel fatal incidente hoy yo no estaría acá contándoles esta historia.

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